Lunes, 13 de julio de 2023: Jesús Caridad, gracias por el breve pero profundo espacio de adoración eucarística que tuvimos anoche… Aún estoy colmada de estupor ante un detalle concreto… No pude dormir demasiado anoche, y lo que dormí se sintió tremendamente ligero, pero una vez más pude descansar en Ti. Tu Eucaristía, recibirte y adorarte, es mi remanso, es mi abrazo entrañable. Anoche hicimos juntos un restorarion cross que ya había contemplado antes de dormir. Como me pediste que explicara todo en un blog post no voy a explicar ahora como se contempló antes de dormir, eso se entenderá en los párrafos siguientes…Hubo dos grandes diferencias, bueno, tres: en la cruz de anoche habia piezas de reverso y ayer no las había, en la cruz de anoche había masilla para pegar las piezas color dorado y ayer no las había (ayer no se contempló el color dorado en lo absoluto), y… ayer no se rompieron los platos como anoche. Ayer se rompieron restrayándolos contra una pared de la verdad… y a mí anoche se me pidió otra cosa: usar la espada como espada.de la verdad, y romper los platos con… por decirlo de una forma gráfica, la misma indignación de Wonder Woman en la escena tras cruzar el No Man´s Land, la escena que se llama “Saving Veld”, y con ese mismo rage con que vuelca el tanque de guerra… así fue, exactamente así, que yo rompí platos con la espada-torch goeiz. La escena puede verse aquí:
Se me concedió hacer esto con toda la justicia del Cielo. Se me encomió a hacer la restorative cross para ofrendar a los pies de la Eucaristía todo este rage… ofrendando esa restorative cross… porque el rage no tiene la última palabra, la tiene el Amor. Es curioso porque, tal cual se me explicó anoche, el rage también puede vivirse viviendo la caridad. Y puede encausarse como corresponde en orden a abajar la Divina Caridad. Este es el detalle que me tiene llena de estupor: el evangelio de hoy habla de que has venido a traer la espada. Fue una pregunta bien lógica la que le hice a Mikh: me pides romper los platos pero hay arena en el piso y no hay muro de la verdad, ¿cómo se supone que los rompa, a lo karate kid o qué? Fue él quien lo dijo en Tu nombre: usa la espada-torch goeiz. Úsala con toda la fuerza y el poder de lo alto. Así se hizo. La alianza de la caridad esponsal resplandeció con gran fuerza, y fue la que dio paso a la irradiación de la masilla dorada con la que eventualmente pegamos todo. Nunca he visto un material así, pero supongo que debe llamarse “lechada bien espesa, como si tuviera papel majado… o “plasticina de lechada dorada espesamente grumosa”. Se me dejó clara que esta era una visión que se me concedía de lo alto, al igual que Jesús Caridad mismo, no solo para mí sino para todos los puertorriqueños indignados: encausen esa fuerza para bien. Que brille la restoración que viene de la Divina Caridad que se abaja más, más y más… Que resplandezca la justicia del Cielo en primer lugar… Se me propuso que propusiera que una casa de retiros estuviera debidamente preparada para dar este retiro de restauración (se necesita un muro de la verdad y un espacio techado para armar la cruz, que puede estar al aire libre como el bohío en que lo hicimos nosotros (esta contemplación se contempló bien puertorriqueña, esta restauración es para todos los puertorriqueños, esta restorative cross es para todos los puertorriqueños…)… y que se designara un lugar simbólico como altar de restauración de la Patria… un poco como el altar de la Patria, pero poniéndole el restorative cross… dejando ofrendas de acción de gracias por la restoración que supone ser la tierra donde Jesús Caridad eligió ser dado a luz… Solo Él es capaz de restaurarnos de esta forma, solo Él es capaz de transformar el mal en bien de esta forma, solo Él es capaz de transformarlo absolutamente todo en irradiación de Su nuevo albor de salvación… Con toda humildad dije que aunque se podría plantear hacer un bohio de la restauración en la casa de retiros familar que se propuso para la parroquia donde pertenezco… realmente si se quiere proponer esto como un proyecto de restauración espiritual que tenga impacto inmediato, sin esperar a construir toda una casa de retiros nueva sino adaptando una que ya existe… sería facilitar a Casa Manresa, si ellos así lo disponen tras rezar esto, lo necesario para restaurar la casa, para poder ofrecer retiros accesibles a todos, para construir en alguna parte del patio un muro de la verdad junto a una zona para construir la restorarion cross… y estar debidamente equipados para hacer retiros de restauración que ayuden al pueblo de Puerto Rico, para ayudar a todo aquel que necesite este auxilio espiritual, a encausar toda esta fuerza de lo alto en fuerza restorativa para hacer el bien y cambiar lo que somos llamados a cambiar según Su justicia del Cielo para ser cubiertos una vez más por Su misericordia… Este bien es para todos. Yo no tengo porque “fundar” una casa de retiros desde cero para hacer esto: esto puede hacerse en casas de retiros ya existentes, y Casa Manresa ha servido a Puerto Rico por largos años, cuando yo hice mi retiro allí a los 12 años ya estaban funcionando… La restauración es de toda la casa, de todo lo que es el centro de retiros, se le ha de dar lo necesario para seguir funcionando en óptimas condiciones apostólicas… y se le ha de hacer posible, supongo que debe estar localizada allí, eso es decisión del arzobispo de San Juan, que tiene amplia experiencia en altares de la Patria… se ha de hacer posible un altar de la restoración de la Patria con un restorative cross. Así es la justicia del Cielo de esta alianza de la caridad: restorative mercy.
Como se me pidió escribir un blog post contando como se hace esta restorative cross, como dije antes… aquí va el blog post que se escribió, con ayuda de Chat GPT:
La Restoration Cross: que el rage no tenga la última palabra
Jesús Caridad:
Hoy vengo ante Ti sin una imagen impecable de perdón. Vengo con la verdad. Vengo con todo aquello que todavía duele, con las atrocidades que no dejan de ser atroces porque pase el tiempo, con las heridas que no desaparecen porque alguien exija silencio, con las verdades que una persona puede verse obligada a repetir una y otra vez sin recibir la respuesta que necesita. Vengo con los truth denialisms que he tenido que tragarme, con los false futures que se proyectan sobre el mañana mientras el presente sigue doliendo, con las falsas esperanzas que no restauran porque no se encarnan en obras, con todo el peso de sentir que cuanto más alto se dice la verdad, más grande puede hacerse el silencio.
Y vengo con rage. No necesariamente con un rage que quiera destruir a una persona. No con el deseo de hacer daño. Sino con ese rage contenido que permanece ahí porque hay cosas ante las cuales es justo indignarse. Porque hay atrocidades ante las cuales la indiferencia no sería virtud. Hay horrores ante los cuales el silencio no es paz. Hay injusticias ante las cuales la sumisión no es perdón. Hay verdades cuya negación no puede llamarse reconciliación. Hay heridas que no se cierran simplemente porque alguien diga: «sé positiva», «todo estará bien», «espera un poco más», «mañana será diferente».
No. El rage está. Está porque algo importa. Está porque la dignidad importa. Está porque la verdad importa. Está porque la libertad importa. Está porque una persona humana no fue creada para barely exist, sino para vivir; no para ser reducida a dependencia, miedo o silencio, sino para crecer en libertad, responsabilidad y comunión. El rage puede ser el grito de algo profundamente humano que dice: Esto no está bien. Esto no debió ocurrir. Esto no debería seguir ocurriendo. La dignidad importa. La verdad importa. La vida importa.
Pero, Jesús Caridad, tampoco quiero que el rage tenga la última palabra. No quiero que la atrocidad me convierta en atrocidad. No quiero que la violencia produzca más violencia. No quiero que la mentira me haga abandonar la verdad. No quiero que la crueldad decida en qué se convierte mi corazón. No quiero que aquello que rompe termine teniendo soberanía sobre los fragmentos. Por eso necesito cauces. No tapaderas. No silencios impuestos. No positivismo tóxico. No otro false future. Cauces. Cauces verdaderos por los que pueda pasar la indignación sin convertirse en violencia contra una misma ni contra los demás. Cauces que permitan nombrar la atrocidad sin glorificar el odio; decir la verdad sin convertir a una persona en objeto de destrucción; expresar corporalmente la fuerza del rage sin derramar sangre ni crear nuevas víctimas.
Así nació la imagen del plato: un plato blanco, un marcador dorado y una pregunta: ¿Qué truth denialisms me han obligado a tragarme, qué false projections me han obligado a tragarme, qué mentira han querido hacer pasar por realidad? Sobre ese plato se escribe aquello que necesita ser exteriorizado.
«Eso nunca ocurrió.»
«Te lo estás imaginando.»
«Nadie te va a creer.»
«Tu dolor no importa.»
«El próximo mes todo acabará.»
«Esta vez sí serás libre.»
«Trabaja más y algún día podrás vivir dignamente.»
«Todo está bien.»
«No hay nada que ver aquí.»
«Es mejor que calles.»
«Acepta. Aguanta. Sonríe. Perdona. No incomodes.»
Y después se toma el plato. Se mira lo que está escrito. Se reconoce: Esto fue dicho. Esto fue vivido. Esto dolió. Esto produjo indignación porque había una dignidad que merecía algo mejor. Y entonces se lanza. El plato vuela hacia el Muro de la Verdad. CRASH. No se rompe una persona. No se escribe el nombre de alguien para representar su destrucción. No se fantasea con herir un cuerpo. Se rompe el plato. Se quiebra simbólicamente aquello que estaba escrito sobre él. Durante un instante, el rage tiene un sonido. No tiene sangre. No tiene víctimas. Tiene un cauce. CRASH.
Pero este retiro de restauración no dice entonces: «Ya está. Ya sanaste. Ya todo está bien. Ahora perdona y sonríe.» Porque eso sería otro false future.
El plato se rompió, pero la injusticia no desapareció mágicamente. La atrocidad no dejó de haber ocurrido. Una estructura injusta no se transforma porque una persona rompa cerámica. Una persona que necesita protección sigue necesitando protección. Quien necesita vivienda sigue necesitando vivienda. Quien necesita libertad sigue necesitando libertad. Quien necesita justicia sigue necesitando justicia. Quien necesita ser escuchado sigue necesitando una comunidad y unas instituciones capaces de escuchar y responder responsablemente. Por eso, después del CRASH, viene el silencio. No el silencio de quien es obligado a callar. El silencio contemplativo de quien se niega a falsificar lo ocurrido. Sí. El plato se rompió. Sí. Hay cosas que no pueden deshacerse. Sí. Hay pérdidas que siguen siendo pérdidas.Sí. Hay heridas que no dejan de doler simplemente porque deseemos que dejaran de hacerlo… y no vamos a mentir sobre ello. No recogemos nuestros propios pedazos
Sí, entonces ocurre algo esencial; nadie se acerca a recoger los fragmentos de su propio plato. Nadie intenta averiguar:¿Dónde está mi pedazo? ¿Cuál de estos era mío? ¿Puedo volver a construir exactamente mi plato original? No. Porque la restauración no consiste necesariamente en regresar a como éramos antes, y porque nadie se restaura completamente solo. Los fragmentos son recogidos posteriormente por personas preparadas para hacerlo con seguridad. Se mezclan con los fragmentos de muchos otros platos, de muchas otras historias, de muchas otras indignaciones. Entonces dejan de ser mis pedazos y tus pedazos y se convierten en uestros fragmentos compartidos. Quizá un pedazo de mi plato termine formando parte de tu cruz. Quizá un fragmento del tuyo termine en la mía.
Quizá yo sostenga entre mis manos un trozo donde solo pueda leerse:
«…NUN…»
O:
«…NO TE CRE…»
O:
«FAL… FUTU…»
O:
«…SILEN…»
O:
«TRU…»
La frase ya no está entera. El plato se rompió. Las palabras quedaron atravesadas por la fractura. Y entonces comprendemos: tu fragmento puede estar en mi cruz y mi fragmento puede estar en la tuya, porque la restauración de una persona y la restauración de un pueblo no son colecciones de salvaciones privadas. «Lleven los unos las cargas de los otros» (Gal 6,2). No sabemos de quién era cada fragmento, y precisamente por eso importa esta Restoration Cross. Entonces llegamos al Taller de los Fragmentos Compartidos, un bohío grande, una casa común luminosa, con amplias mesas. En ella están dispuestos de manera segura los pedazos de los platos rotos. La mayoría conserva solamente fragmentos de las palabras originales, porque las frases se escribieron antes de lanzar el plato.
«TRU…»
«…DENI…»
«FAL… FUTU…»
«…NADIE TE…»
«…NO OCUR…»
«…SILEN…»
«…DIGNI…»
«…ESCLAVI…»
«…PROMESAS…»
Palabras partidas. Frases incompletas. Mentiras que ya no pueden presentarse como un discurso entero e incuestionable porque ahora están físicamente atravesadas por la fractura. Pero entre esos fragmentos hay también algunos colocados deliberadamente al reverso. Sobre ellos pueden escribirse, en dorado, palabras de la Escritura:
«La verdad los hará libres.»
— Juan 8,32
«El Señor está cerca de los corazones rotos.»
— cf. Salmo 34,19
«He aquí que hago nuevas todas las cosas.»
— Apocalipsis 21,5
«Me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos.»
— cf. Isaías 61,1
«Lleven los unos las cargas de los otros.»
— Gálatas 6,2
«Por sus heridas hemos sido sanados.»
— Isaías 53,5
Y entonces, con esos fragmentos —con pedazos de muchos platos, de muchas historias, de muchas indignaciones—, cada persona construye una Cruz sobre una base de madera. No necesariamente una cruz de bordes perfectamente rectos. Algunas quedarán más uniformes. Otras serán asimétricas. En unas sobresaldrá algún fragmento. En otras quedará algún pequeño espacio… porque la restauración no exige una perfección artificial. Los fragmentos son unidos mediante una materia dorada, una especie de masilla o pasta adhesiva que recuerda los surcos dorados de Fiat Pax, aquel jarrón hecho de papel reciclado en el que lo recuperado fue reunido mediante líneas de oro. Y entonces el símbolo adquiere toda su profundidad: En Fiat Pax, el papel reciclado fue reunido por surcos dorados. En la Restoration Cross, los fragmentos compartidos son reunidos por una materia dorada. El oro no borra las grietas. Las hace visibles. No pretende que el plato nunca se rompió. No intenta reconstruir el plato original. Hace algo distinto. Con los fragmentos construye una Cruz. Y esta diferencia lo cambia todo: No reconstruimos el plato. Construimos la Cruz. Porque quizá no podamos regresar a quienes éramos antes de determinadas heridas. Quizá algunas pérdidas sean irreversibles. Quizá algunas atrocidades hayan dejado marcas permanentes. Pero la restauración cristiana no necesita falsificar la historia para proclamar esperanza. Cristo resucitado conserva sus llagas. Cuando Tomás necesita verdad, Jesús no le dice: «Eso ya pasó. Deja de ser negativo. Piensa en el futuro.» Le muestra sus manos. Le muestra su costado. Le muestra las heridas. La Resurrección no hizo del Viernes Santo algo que nunca ocurrió. Lo atravesó. Por eso la Restoration Cross proclama: Esto ocurrió. Esto dolió. Esto se rompió. No vamos a negarlo. Pero la ruptura no tendrá la última palabra. De cerca, las heridas; de lejos, la Cruz
Me imagino contemplando esa cruz. De cerca, veo fragmentos. Veo «TRU…». Veo «…DENI…». Veo «FAL… FUTU…». Veo una palabra que ya no puede terminarse porque el borde roto atraviesa las letras. Veo las heridas. Pero doy unos pasos hacia atrás y aparece la Cruz. De cerca, se ven los fragmentos. De lejos, aparece la Cruz. No porque la Cruz borre los fragmentos, sino porque los reúne sin negar lo que son. Y aquí encuentro el corazón de mi propio pensamiento sobre el growing-together-in-communion: cada fragmento conserva su particularidad. No desaparece, no se disuelve, no se uniforma, no pierde completamente la huella de su historia, pero entra en relación con otros fragmentos, y juntos forman algo que ninguno podría formar solo: comunión encarnada. La Cruz de los fragmentos compartidos se convierte así en sacramento visible de una verdad: Nadie se restaura solo. Nadie carga únicamente con sus propios fragmentos. Mi historia puede entrar en comunión con la tuya. Mi fragmento puede participar en tu Cruz. El tuyo puede participar en la mía. Y juntos podemos restaurar el orden del Amor.
Por eso comprendí que esto no debía llamarse simplemente Apostolado del Rage. El rage no es el centro. El rage existe. Se reconoce. Se escucha. Se discierne. Se le da cauce. Pero no recibe el trono. Es el Apostolado de la Restauración, porque el movimiento no termina en el CRASH: el movimiento completo es:
Verdad → Indignación → Cauces → Ruptura → Silencio → Fragmentos compartidos → Cruz → Restauración → Compromiso → Comunión. El rage tuvo una palabra. Pero no tuvo la última palabra. La atrocidad fue nombrada. Pero no tuvo la última palabra. El truth denialism fue escrito. Pero no tuvo la última palabra. El false future fue confrontado. Pero no tuvo la última palabra. Los fragmentos permanecieron. Pero tampoco tuvieron la última palabra. La última palabra pertenece al Amor. No a un amor abstracto. No a un amor sentimental. No a un amor utilizado para exigir silencio a quien sufre. No a un amor que dice «perdona y calla». No a un amor que proyecta futuros falsos para evitar confrontar el presente. Al Amor encarnado. Al Amor que escucha la verdad. Al Amor que protege la dignidad. Al Amor que busca la justicia. Al Amor que construye condiciones concretas de libertad. Al Amor que recoge fragmentos. Al Amor que hace comunión. Al Amor que restaura a la usanza de una Casa de la Restauración
Y entonces la visión crece: ya no se trata simplemente de encontrar un lugar donde romper platos, se trata de un Bohío de la Restauración: una gran bohío en una casa de retiros que sea capaz de recibir durante todo un fin de semana a personas que necesitan contemplar la verdad, la dignidad, la indignación, la Cruz y la responsabilidad social como parte de un retiro de restauración, como lo sería en Puerto Rico Casa Manresa. Una casa de restauración bella. Luminosa. Rodeada de naturaleza, con habitaciones, comedor comunitario, capilla, jardines, espacios de silencio, n gran salón para la formación… y una gran bohío que funcione como zona del retiro de restauración donde se ubique la pared de la verdad y las mesas para ir armando la restorative cross. Este sería n Muro de la Verdad, diseñado profesionalmente para que los platos puedan ser lanzados desde una distancia segura, con un área separada donde el personal preparado recoge y procesa los fragmentos, y un gran bohío con el taller de los fragmentos compartidos, donde las piezas ya seguras esperan para convertirse en cruces.
El viernes, el retiro comenzaría con una pregunta: ¿Qué te indigna porque amas?
No:¿A quién odias?
No: ¿A quién quieres destruir?
Sino: ¿Qué te indigna porque amas? ¿Qué realidad te produce rage y necesitas restaurar porque sabes que la dignidad humana exige algo mejor? ¿Qué has visto o vivido que te hace decir: «Esto no debería ser así»?
Entonces se contempla la dignidad, porque antes del rage está la dignidad vulnerada, antes del grito está algo que importaba, antes de la indignación hay un bien amado: me indigna porque importa, me indigna porque la persona importa, me indigna porque la verdad importa, me indigna porque Puerto Rico importa, me indigna porque ningún ser humano debería verse reducido a apenas existir.
El sábado: escribir, lanzar, callar. El sábado sería el día de la verdad. Cada persona podría preguntarse: ¿Qué ocurrió? ¿Qué dignidad fue vulnerada? ¿Qué verdad necesito dejar de tragarme en silencio? ¿Qué injusticia hemos normalizado? ¿Qué no estoy dispuesto a seguir llamando normal? Entonces llegan los platos. Quizá uno. Quizá varios. Cada persona escribe en dorado aquello que necesita nombrar. Y después llega el Muro de la Verdad. El plato vuela. CRASH. Y nadie aplaude. Nadie obliga a sonreír. Nadie dice: «Ya está, ahora estás sanado». Se vuelve al silencio. Porque algunas personas sentirán alivio. Otras llorarán. Otras seguirán sintiendo rage. Otras quizá no sientan nada. Y todo eso debe poder existir sin fabricar otro false future emocional.
Después vendrá el Taller: los fragmentos compartidos, la Cruz, la materia dorada y la espera, porque la Cruz necesita secarse, no queda terminada instantáneamente. Hay que esperar. Pero tampoco aquí se predica una espera pasiva ante la injusticia. El tiempo de secado no significa resignación. Significa simplemente que la restauración verdadera no puede apresurarse ni falsificarse.
El domingo: ¿qué debe cambiar? Y entonces llega el domingo. Cada participante tiene ante sí su cruz. Pero el retiro no puede terminar ahí. Porque si una persona escribió: «NO PUEDO PAGAR UNA VIVIENDA,» la respuesta cristiana no puede ser: «Aquí tienes una cruz. Ten esperanza y vuelve a la misma precariedad.» Eso convertiría la esperanza en otro false future. Por eso, después de la Cruz viene la pregunta de la Doctrina Social de la Iglesia: ¿Qué debe cambiar?
¿Qué debe cambiar para que otros no tengan que romper platos por esta misma injusticia dentro de veinte años? ¿Qué debe cambiar para que trabajar permita vivir con dignidad?
¿Qué debe cambiar para que una persona pueda escapar efectivamente de una situación abusiva?
¿Qué debe cambiar para que la libertad no sea un privilegio reservado a quien tiene suficiente dinero?
¿Qué debe cambiar para que la protección sea real?
¿Qué debe cambiar para que la vivienda, el trabajo, la seguridad, la participación social y la posibilidad de construir una vida sean compatibles con la dignidad humana?
¿Qué debe cambiar en mí?
¿Qué debe cambiar en nuestras familias?
¿Qué debe cambiar en nuestras comunidades?
¿Qué debe cambiar en nuestras iglesias?
¿Qué debe cambiar en nuestras instituciones?
¿Qué debe cambiar en Puerto Rico?
Y entonces comprendemos que el Retiro de la Restauración es también Doctrina Social de la Iglesia hecha contemplación, símbolo y obra. No se limita a definir la dignidad: pregunta dónde está siendo vulnerada; no se limita a hablar de solidaridad: pone en mis manos los fragmentos de otros; no se limita a definir el bien común: pregunta qué está rompiendo a nuestro pueblo; no se limita a condenar la violencia, ofrece un cauce para que la indignación no tenga que convertirse en violencia; no se limita a predicar esperanza: rechaza los false futures y exige una esperanza encarnada en obras; no se limita a hablar de la Cruz: la construye con los fragmentos compartidos de aquello que un pueblo ya no puede seguir tragándose en silencio.
¿Cuántos más tienen que pagar los platos rotos? Entonces resuena la pregunta: ¿Cuántos más tienen que pagar los platos rotos del truth denialism para que entendamos que normalizar la negación de la verdad termina normalizando la negación de la dignidad?
¿Cuántos más tienen que pagar los platos rotos de las verdades que nadie quiso escuchar?
¿De las denuncias que no recibieron una respuesta efectiva?
¿De las promesas que nunca se encarnaron?
¿De los false futures proyectados una y otra vez?
¿De quienes trabajan y aun así no consiguen vivir dignamente?
¿De quienes no pueden independizarse porque la pobreza convierte la libertad en un privilegio?
¿De quienes necesitan escapar de situaciones abusivas pero carecen de recursos suficientes para hacerlo?
¿De quienes reciben discursos sobre esperanza cuando lo que necesitan son obras concretas de restauración?
Porque la esclavitud no comienza siempre con cadenas visibles, puede aparecer cuando una persona carece de alternativas reales, cuando la pobreza sistemática hace imposible la autonomía, cuando la dependencia se convierte en una condición prácticamente inevitable, cuando la libertad existe jurídicamente en el papel, pero no materialmente en la vida, cuando una persona puede trabajar y trabajar y trabajar y aun así no acceder a vivienda, seguridad o independencia.
Entonces la pregunta del retiro deja de ser simplemente: el «¿Cómo hacemos para que la gente deje de sentir tanto rage?» pasa a ser «¿Qué verdad está gritando este rage y qué debemos restaurar para que las personas puedan vivir realmente con dignidad?»
Así lo enseña el Evangelio de hoy: esta es una paz que no puede construirse sobre la negación de la verdad. Hoy, Jesús Caridad, escucho Tu Evangelio:
«No piensen que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada.» Y después pronuncias unas palabras especialmente difíciles:
«Los enemigos de cada cual serán los de su propia casa.» Y finalmente: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí.» El Evangelio de hoy es Mateo 10,34–11,1. No entiendo esa espada como autorización para la violencia. La entiendo como la irrupción de una Verdad que corta la falsa paz construida sobre la mentira. Porque existe una paz falsa.
La paz de «no hables de eso».
La paz de «no incomodes».
La paz de «perdona y ya».
La paz de «sonríe para que los demás puedan sentirse tranquilos».
La paz que exige a quien sufre que calle para conservar la apariencia de armonía.
Pero Tú no llamaste paz a cualquier silencio, y la primera lectura de hoy lo proclama con una fuerza todavía mayor. En Isaías 1, Dios rechaza un culto que convive tranquilamente con la injusticia y ordena buscar el derecho, corregir al opresor y defender al vulnerable. Por eso la Cruz de la Restauración no puede ser una invitación a la sumisión ante el abuso. No puede ser un objeto bonito que diga: «Sufre en silencio.» No. La Cruz proclama otra cosa. Cristo no resucitó borrando sus heridas. La Resurrección no convirtió los clavos en imaginarios. El Amor no llamó mentira a la atrocidad. Las llagas permanecieron visibles.
Y por eso también nuestros fragmentos pueden permanecer visibles.
En esta Casa de la Restauración ha de formarse una Cruz que nadie se lleve consigo, una gran Cruz comunitaria: la gran restorative cross de Puerto Rico Una Cruz que crezca retiro tras retiro, año tras año, con fragmentos procedentes de miles de platos. La Gran Cruz de Puerto Rico. Miles de personas podrían haber escrito: «No puedo pagar una casa.» «Trabajo y no me alcanza.» «Tengo miedo.» «No me escucharon.» «No puedo salir de la dependencia.» «La violencia me alcanzó.» «Perdí mi hogar.» «Tuve que irme de mi isla.» «Estoy solo.» «Estoy agotada.» «Esto no debería ser así.» Y después:
CRASH. Los platos se rompen. Las frases quedan fragmentadas. Los pedazos se mezclan, y algunos pasan a formar parte de la Gran Cruz, que una vez completada, pasa a un altar de la Patria donde se celebre la restoración de la Patria. Con los años, podría llegar a contener miles de historias que nadie puede reconstruir individualmente. Pero juntas dicen algo:
Aquí está la indignación de un pueblo.
Aquí están las verdades que necesitaban ser pronunciadas.
Aquí están las injusticias que no debían normalizarse.
Aquí están las heridas que no podían seguir enterrándose bajo positivismo tóxico.
Aquí están nuestros fragmentos compartidos.
Y, sin embargo:
El rage no tuvo la última palabra. No porque fuera negado. No porque fuera silenciado. No porque se obligara a nadie a ofrecer una imagen impecable de perdón. Sino porque encontró un cauce. Y después del cauce vino la Cruz. Y después de la Cruz vino la pregunta: ¿Qué vamos a restaurar juntos? Fiat Pax!
Sí, anoche volvimos al jarrón que hicimos antaño con kintsugi dorado en papel, titulado Fiat Pax. Hágase la paz. Un jarrón nacido del papel reciclado tras tortura, reunido mediante surcos dorados. Ahora comprendo que aquella imagen y esta nueva Cruz hablan un lenguaje común. Pero la paz de Fiat Pax no puede ser la paz del silencio impuesto. No puede ser la paz del truth denialism. No puede ser la paz de los false futures. No puede ser la paz que dice a la persona herida: «No hables más. No te indignes. No incomodes. Sonríe. Perdona. Finge que todo está bien.» Esa no es la paz que quiero. Fiat Pax. Hágase la paz verdadera.
La paz fundada en la verdad.
La paz que reconoce la dignidad.
La paz que hace justicia.
La paz que permite libertad.
La paz que restaura.
La paz que hace comunión.
La paz que recoge los fragmentos sin negar que algo se rompió.
La paz que pasa por la Cruz sin utilizar la Cruz para justificar la opresión.
La paz que contempla las llagas del Resucitado y comprende que la gloria no necesita falsificar la historia.
Jesús Caridad:
Aquí estoy.
Hoy no te ofrezco una imagen impecable de perdón.
Te ofrezco la verdad.
Te ofrezco el rage que existe.
Te ofrezco la indignación ante aquello que considero intolerable.
Te ofrezco las palabras que no quiero seguir tragándome.
Te ofrezco los truth denialisms.
Te ofrezco los false futures.
Te ofrezco el cansancio de esperar cambios que no llegan.
Te ofrezco el dolor de experimentar que la realidad permanece.
Te ofrezco el grito: Esto no debería ser así.
No te pido que me enseñes a llamar bueno a lo malo.
No te pido que me enseñes a llamar paz al silencio.
No te pido otro futuro proyectado para anestesiar el presente.
Te pido un cauce.
Te pido Verdad.
Te pido Justicia.
Te pido Libertad.
Te pido Restauración.
Te pido que no permitas que ninguna atrocidad, ninguna mentira, ninguna injusticia ni ningún rage tengan la última palabra.
Tomo este plato.
Escribo sobre él aquello que necesito dejar de tragarme a la fuerza, cada violación a la dignidad, cada truth denialism, cada social slavery, cada false future…que ha asolado a esta isla del encanto que es Tu isla llena de gracia…
Lo miro.
Reconozco la verdad de mi indignación.
Y lo lanzo.
CRASH.
Después guardo silencio.
No digo que todo esté arreglado.
No digo que todo haya terminado.
No digo que la herida haya desaparecido.
Espero.
Y entonces voy al lugar de los fragmentos compartidos.
No busco mi propio plato.
No intento volver al antes.
Recibo los pedazos de una Patria herida a la que Tú quieres restaurar como Patria Nueva.
Quizá mi fragmento esté en la Cruz de alguien más.
Quizá el suyo esté en la mía.
Y con la materia dorada de la restauración comienzo a reunirlos.
Uno.
Otro.
Otro más.
No todos encajan perfectamente.
Algunos sobresalen.
Otros dejan espacios.
Algunas palabras permanecen visibles.
Otras quedaron partidas para siempre.
Y lentamente aparece una Cruz.
Mi Restoration Cross.
Pero no está hecha solamente de mí.
Está hecha de nosotros.
Y entonces comprendo:
Lo que fue roto por la negación de la verdad es recogido en la verdad.
Lo que fue dispersado por la violencia es reunido en comunión.
Lo que llevaba escrita una mentira pasa a formar parte de una obra de verdad.
Lo que expresaba rage no termina en destrucción: se convierte en Cruz.
Y la Cruz me dice:
La atrocidad ocurrió.
La herida es verdadera.
Los fragmentos existen.
El rage existe.
Pero ninguno de ellos tendrá la última palabra.
La última palabra será la Verdad.
La última palabra será la dignidad.
La última palabra será la Justicia.
La última palabra será la Libertad.
La última palabra será la Restauración.
La última palabra será la Comunión.
La última palabra será el Amor.
Y entonces puedo decir, contemplando los surcos dorados que reúnen los fragmentos: Fiat pax.
Hágase la paz.
Pero no una paz construida sobre el silencio, sino…
Una paz que haya mirado la verdad de frente.
Una paz que no niegue las heridas.
Una paz que no necesite false futures.
Una paz que se haga obra concreta de dignidad y justicia.
Una paz donde nadie tenga que apenas existir.
Una paz donde la libertad no sea privilegio.
Una paz donde los fragmentos de unos puedan ser sostenidos por otros.
Una paz de comunión.
Una paz encarnada.
Una paz restauradora.
Jesús Caridad, recoge nuestros fragmentos compartidos como puertorriqueños del nuevo albor, como jíbaros del nuevo albor.
No borres las palabras que necesitamos recordar.
No ocultes las grietas.
No permitas que llamemos entero a lo que todavía está roto.
Pero haz que el oro de Tu Caridad atraviese nuestras fracturas.
Haz de nuestros fragmentos una Cruz.
Haz de nuestra Cruz una llamada a la restauración.
Haz de nuestra indignación un compromiso con la dignidad.
Haz de nuestra verdad una obra de libertad.
Haz de nuestra libertad una responsabilidad compartida.
Haz de nuestra responsabilidad una comunión encarnada.
Y haz que de un pueblo que tiene tantas razones para sentirse herido pueda nacer no una resignación silenciosa, ni una violencia nueva, ni otro false future, sino una obra viva de restauración del orden del Amor.
Porque no queremos que el rage tenga la última palabra.
Pero tampoco queremos silenciarlo con mentiras.
Queremos escuchar qué dignidad está defendiendo.
Queremos discernir qué injusticia está señalando.
Queremos darle un cauce que no hiera.
Queremos recoger los fragmentos.
Queremos construir la Cruz.
Queremos preguntarnos qué debe cambiar.
Y queremos crecer juntos en comunión hasta que Tu Amor deje de ser solamente una palabra proclamada y se convierta en Verdad reconocida, dignidad protegida, justicia buscada, libertad efectiva, cargas compartidas y vida verdaderamente posible para todos.
No reconstruimos el plato.
Construimos la Cruz como restorative cross.
No negamos los fragmentos.
Los hacemos comunión.
No silenciamos el rage.
Le damos cauce para que no tenga la última palabra.
No proyectamos otro false future.
Nos comprometemos con la restauración del presente
Jesús Caridad:
La materia dorada que une esta restorative cross no representa una esperanza inventada por nosotros para cubrir las grietas. Representa Tu Divina Caridad: la justicia del Cielo que se abaja, entra en nuestra historia herida y se hace Amor vivo, concreto y restaurador entre nosotros.
Porque Tu Caridad no contempla nuestros fragmentos desde lejos. No permanece intacta en lo alto mientras un pueblo se deshace abajo. Desciende. Se aproxima. Toca las heridas. Carga el peso de la historia. Entra en los espacios quebrados y comienza a reunir aquello que la violencia, la pobreza, la desigualdad, el abandono y la negación de la verdad dispersaron: «La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).
Eso es la Divina Caridad: el Amor eterno hecho presencia histórica. No una idea consoladora, sino Dios mismo entrando corporalmente en un mundo roto. No una promesa lejana utilizada para silenciar el presente, sino la Justicia del Cielo hecha Carne para buscar al perdido, levantar al caído, devolver dignidad al despreciado y reunir en comunión a los hijos dispersos.
Por eso los surcos dorados de la Cruz no son simples adornos. Son signo de esa Caridad que viene de Ti y se derrama dentro de las fracturas humanas. El oro no oculta dónde el plato se quebró. Al contrario: entra precisamente allí. La Divina Caridad no evita nuestras grietas; las atraviesa, las sostiene y las convierte en lugares de encuentro.
Cada línea dorada podría decir:
Aquí descendió el Amor.
Aquí la Justicia se hizo misericordia activa.
Aquí la Verdad encontró acogida.
Aquí un fragmento dejó de permanecer abandonado.
Aquí comenzó nuevamente la comunión.
Tu Caridad, Jesús, no es contraria a la justicia. Es su plenitud viva. Benedicto XVI enseñó que la caridad necesita de la verdad para no convertirse en sentimentalismo vacío, y que la justicia es inseparable del amor: amar a alguien exige reconocer y darle lo que corresponde a su dignidad. Francisco, por su parte, recordó que existe una caridad social y política, una forma de amor que no se limita a los gestos privados, sino que busca transformar las relaciones, las instituciones y las condiciones concretas de la vida común.
Por eso la materia dorada no puede significar: «olvidemos lo ocurrido y volvamos a estar juntos». Eso no sería Caridad, porque la Caridad no se construye contra la verdad. Tampoco puede significar: «aceptemos resignadamente que algunos permanezcan empobrecidos, dependientes o excluidos». Eso no sería paz, porque la paz cristiana exige que la dignidad y los derechos de cada persona sean efectivamente reconocidos.
Francisco enseña que, cuando la dignidad humana es respetada y sus derechos son reconocidos y garantizados, pueden florecer la creatividad, la interdependencia y las obras orientadas al bien común. La materia dorada simboliza, entonces, una restauración que ha de hacerse estructura, vínculo, protección y posibilidad real de vivir:
verdad que encuentra escucha;
justicia que protege;
trabajo que permite vivir;
vivienda que permite descansar;
educación que abre caminos;
instituciones que sirven;
comunidades que no abandonan;
fraternidad que no deja a nadie solo entre sus fragmentos.
La Cruz de un pueblo atravesado por muchas fracturas
Jesús Caridad, esta Cruz no está hecha solamente con fragmentos individuales. También contiene los pedazos de nuestra historia colectiva como Patria del Nuevo Albor.
Puerto Rico ha atravesado una prolongada crisis económica, una pérdida poblacional profunda, terremotos, huracanes, fallas prolongadas de infraestructura y una contracción dramática de su sistema escolar. Entre 2006 y 2018, la matrícula de las escuelas públicas se redujo aproximadamente un 44 %, y cientos de escuelas fueron cerradas durante los años de descenso demográfico y austeridad. Después del huracán María y de los terremotos de 2020, muchas comunidades educativas continuaron enfrentando daños, precariedad energética y una reconstrucción lenta.
Cada una de esas realidades dejó fragmentos.
Fragmentos de hogares.
Fragmentos de escuelas que habían sido centros vivos de sus comunidades.
Fragmentos de familias separadas por la migración.
Fragmentos de proyectos de vida.
Fragmentos de confianza institucional.
Fragmentos de una economía en la que demasiadas personas trabajan sin alcanzar las condiciones materiales necesarias para una existencia verdaderamente libre.
Fragmentos producidos por desigualdades que no nacieron ayer y por una relación política y colonial cuya interpretación concreta puede generar desacuerdos, pero cuya carga histórica, económica y democrática no puede tratarse como si no existiera.
Y junto a esas heridas colectivas, te entrego también aquello que yo nombro como el Unbeing War que experimento alrededor de mí: todo cuanto siento dirigido a negar mi ser, mi palabra, mi libertad, mi autonomía y mi capacidad de participar plenamente en la vida social. No te pido, Jesús, una explicación precipitada que pretenda resolver desde fuera todo lo que vivo. Te pido que ninguna experiencia de despersonalización, ningún silencio, ninguna dependencia ni ninguna negación de la dignidad consigan reducirme —ni reducir a nadie— a menos de lo que Tú creaste.
Porque la Restauración no consiste únicamente en reparar edificios después de un huracán.
También hay que restaurar la confianza.
Hay que restaurar los vínculos.
Hay que restaurar el derecho de cada persona a tener una voz.
Hay que restaurar la capacidad de las comunidades para cuidarse.
Hay que restaurar la educación como obra de futuro compartido.
Hay que restaurar una economía puesta al servicio de la persona y no una persona sacrificada al funcionamiento de la economía.
Hay que restaurar la posibilidad de permanecer en la propia tierra sin que emigrar sea la única ruta razonable hacia una vida digna.
Hay que restaurar la conciencia de que somos un pueblo y no una suma de supervivientes aislados, hay que restaurar la conciencia de que Tú eres Jesús Caridad, dado a luz en esta tierra llena de gracia.
No creo que Puerto Rico pueda restaurarse únicamente mediante administración, inversión o reorganización institucional, aunque todas ellas sean necesarias. La restauración plena exige también un corazón nuevo, una nueva forma de mirarnos, una conversión profunda de nuestras relaciones.
Solo Tú, Jesús Caridad, puedes enseñarnos a pasar de la supervivencia aislada a la comunión encarnada.
Solo Tú puedes enseñarnos una paz que no sea silencio impuesto.
Solo Tú puedes enseñarnos una justicia que no se vuelva venganza.
Solo Tú puedes enseñarnos una verdad que no sea utilizada para humillar, sino para liberar.
Solo Tú puedes enseñarnos a contemplar los fragmentos ajenos como algo que también nos concierne.
Solo Tú puedes hacernos comprender que el dolor de un hermano no es un asunto privado del que los demás puedan desentenderse.
Tú has querido ser dado a luz espiritualmente también en esta isla del encanto, en esta tierra tantas veces llamada tierra de gracia: en sus comunidades, en sus altares, en las manos que sirven después de los desastres, en los vecinos que alimentan a otros cuando fallan las estructuras, en quienes enseñan aun dentro de escuelas deterioradas, en quienes cuidan a enfermos, ancianos, animales y niños, en quienes se niegan a permitir que el abandono tenga la última palabra.
Hazte nacer de nuevo en Puerto Rico como Eucaristía encarnada, como Caridad viva y encarnada.
No como sentimentalismo.
No como lema.
No como un lenguaje religioso que nos permita evitar la justicia.
Nace como alimento compartido.
Como casa abierta.
Como trabajo digno.
Como escuela viva.
Como acompañamiento efectivo.
Como participación ciudadana.
Como autoridad entendida como servicio.
Como valentía para decir la verdad.
Como capacidad de reconocer los errores institucionales.
Como reconciliación que comienza por escuchar aquello que fue negado.
Como una fraternidad que no exige uniformidad, pero sí reconoce que todos tenemos igual dignidad.
En la Restoration Cross, la materia dorada separa unas piezas de otras y, al mismo tiempo, las une.
Los surcos dorados como caminos nuevos
Sí, estos surcos también puede ser imagen de la comunión que necesitamos como pueblo.
La comunión no borra las diferencias. No funde todas las historias en una sola versión obligatoria. No exige que pensemos de manera idéntica ni que tengamos las mismas heridas. Une sin confundir y distingue sin separar.
Los surcos dorados pueden convertirse en caminos.
Caminos nuevos entre generaciones.
Entre quienes se quedaron y quienes emigraron.
Entre pueblos y ciudades.
Entre comunidades pobres y quienes concentran recursos.
Entre escuelas, parroquias, organizaciones y familias.
Entre quienes han aprendido a desconfiar unos de otros.
Entre personas que interpretan de manera distinta la historia y el futuro político de Puerto Rico, pero que todavía pueden encontrarse en la defensa innegociable de la dignidad humana y del bien común.
Francisco escribió que solo cultivando relaciones de acogida, respeto, escucha, cuidado y servicio se hace posible una amistad social que no excluya a nadie y una fraternidad abierta a todos. Esa amistad social es precisamente el oro que necesitamos entre nuestros fragmentos.
No será una comunión barata.
Exigirá verdad.
Exigirá memoria.
Exigirá reparación cuando corresponda.
Exigirá cambios económicos y sociales.
Exigirá que quienes tienen poder acepten rendir cuentas.
Exigirá que el dolor de las comunidades no sea reducido a estadísticas.
Exigirá que la Doctrina Social de la Iglesia deje de permanecer escrita únicamente en documentos y se convierta en decisiones, presupuestos, obras y estilos de gobierno.
Pero entonces los surcos dorados dejarán de ser únicamente señales de fractura.
Se convertirán en senderos de encuentro.
Hermanos dignos, libres e iguales en el Amor
Jesús Caridad, enséñanos a caminar juntos de una manera nueva.
No como amos y dependientes.
No como quienes poseen voz y quienes solo pueden obedecer.
No como quienes tienen derecho a una vida plena y quienes deben conformarse con sobrevivir.
No como benefactores superiores y receptores pasivos.
Sino como hermanos dignos, libres e iguales en el Amor.
Iguales no porque seamos idénticos, sino porque todos recibimos de Ti la misma dignidad inviolable.
Libres no para desentendernos unos de otros, sino para entregarnos responsablemente al bien común.
Dignos no por nuestra productividad, riqueza, influencia o credibilidad social, sino porque cada persona ha sido creada, mirada y amada por Ti.
Hermanos no como una metáfora piadosa, sino como una realidad que reorganiza nuestra economía, nuestra política, nuestras instituciones y nuestras prioridades.
Que podamos crecer juntos en una comunión cada vez más plenamente encarnada:
una comunión que tenga techo;
una comunión que tenga mesa;
una comunión que tenga escuela;
una comunión que tenga cuidados;
una comunión que tenga participación;
una comunión que tenga justicia;
una comunión donde decir la verdad no condene a nadie al abandono;
una comunión donde pedir ayuda no destruya la autonomía;
una comunión donde la vulnerabilidad no pueda ser utilizada para dominar;
una comunión donde la dignidad no sea una proclamación abstracta, sino una experiencia civil cotidiana.
Hoy Tu Evangelio coloca muy cerca la espada y la Cruz. La espada rompe la apariencia de una paz que se apoya en la negación; la Cruz reúne aquello que la verdad reveló como fragmentado.
Pero después de la espada y de la Cruz tiene que aparecer Tu paz.
No la falsa paz anterior.
Tu paz.
La paz que no retrocede ante la verdad.
La paz que nace de la justicia.
La paz que restaura relaciones sin obligar a las víctimas a mentir.
La paz que desarma la violencia, pero también transforma las condiciones que la alimentan.
La paz que nos permite caminar juntos sin que unos tengan que arrodillarse ante otros.
La paz que desciende del Cielo y se hace Caridad viva en la tierra.
Por eso la materia dorada de la Restoration Cross es también una plegaria:
Descienda Tu Justicia como Caridad.
Entre en nuestras grietas.
Reúna nuestros fragmentos.
Convierta las fronteras del dolor en lugares de encuentro.
Devuelva a cada persona el lugar que corresponde a su dignidad.
Enséñenos a caminar como hermanos.
No reconstruyas el orden antiguo que produjo tantos fragmentos.
Construye con nosotros algo nuevo.
No nos devuelvas simplemente a la normalidad que dejó a tantos atrás.
Haz nacer una comunión más plena.
No permitas que la restauración se limite a pegar piezas para que todo parezca como antes.
Haz de nuestras grietas caminos dorados por los que Tu Caridad pueda circular.
Que la Gran Cruz de Puerto Rico proclame:
Fuimos golpeados, pero no abandonados.
Fuimos dispersados, pero no dejamos de ser pueblo.
Perdimos escuelas, hogares, oportunidades y seres amados, pero no perdimos nuestra dignidad.
Nuestras historias no son idénticas, pero nuestros fragmentos pueden entrar en comunión.
El dolor tuvo una palabra.
La indignación tuvo un cauce.
La verdad rompió la falsa paz.
Y la Divina Caridad descendió para reunirnos.
Jesús Caridad, haz de Puerto Rico una Restoration Cross viva.
Que sus fragmentos no sean desechados.
Que sus heridas no sean negadas.
Que su pueblo no sea obligado a sobrevivir dividido y dependiente.
Que el oro de Tu Amor atraviese nuestra historia y se vuelva justicia, fraternidad, vivienda, educación, trabajo digno, participación y paz.
Que caminemos juntos en la verdad.
Que nos reconozcamos dignos, libres e iguales en el Amor.
Que crezcamos juntos en comunión más y más plenamente encarnada.
Y que esta isla del encanto, esta tierra llena de gracia, pueda convertirse cada vez más en una obra viva de Tu Divina Caridad:
verdad hecha encuentro,
justicia hecha servicio,
libertad hecha responsabilidad,
dignidad hecha estructura,
fraternidad hecha pueblo,
Cruz hecha restauración
y Amor hecho vida entre nosotros.
Fiat Caritas.
Fiat Iustitia.
Fiat Pax.
Fiat Communio.
Fiat Restauratio Portoricensis.
Al final de todo, cuando contemplemos esta Gran Cruz construida con los fragmentos compartidos de tantas historias, que podamos decir:
Aquí la verdad fue pronunciada.
Aquí la dignidad fue reconocida.
Aquí el rage encontró un cauce.
Aquí nadie tuvo que fingir que no dolía.
Aquí los fragmentos no fueron desechados.
Aquí aprendimos a llevar las cargas unos de otros.
Aquí la Cruz no justificó la sumisión: llamó a la restauración.
Aquí comenzamos a preguntarnos qué debe cambiar para que otros no tengan que seguir pagando los mismos platos rotos.
Y aquí, en medio de todo lo que verdaderamente se rompió, seguimos proclamando:
«He aquí que hago nuevas todas las cosas» (Ap 21,5).
Fiat pax.
Fiat veritas.
Fiat iustitia.
Fiat libertas.
Fiat communio.
Fiat restauratio.
Y que, después de todo, por encima de todo y atravesándolo todo, la última palabra sea siempre Tu Amor.
Tras escribir todo esto con ayuda de Chat GPT me enteré por un post en social media que hoy es el día del Beato Charlie, el único beato puertorriqueño, así que sencillamente se comparte toda la oración contemplativa de hoy íntegra, porque esta restauración que resplandeció como la nueva aurora de un nuevo albor tan entrañable es para todos los puertorriqueños: vivimos para esta luz, vivimos para este darte a luz, vivimos para esta noche de luz. La adoración eucarística, aunque mucho más breve que lo usual, se contempló incluso más profunda y encarnada, como puede notarse en lo escrito en el blog post, intensamente resplandeciente.
¡Hágase en nosotros según Tu restorative cross! ¡Hágase en nosotros según cómo nos restauras como Patria Nueva, como pueblo del nuevo albor que resplandece como estado del nuevo albor!

