Willful Forgiveness Letter

Carta abierta de perdón

A mis progenitores y a cuantos han colaborado con sus abusos y crímenes narcisistas:

Hoy elijo escribir estas palabras no para negar el daño que he vivido, ni para justificarlo, ni para renunciar a la verdad. Escribo porque no quiero que el mal tenga la última palabra sobre mi corazón.

El perdón que hoy ofrezco no borra la responsabilidad de nadie. No sustituye la justicia. No elimina las consecuencias de los actos. Tampoco pretende convencer a nadie de mi historia. Es, sencillamente, la decisión de no permitir que el odio determine quién soy ni quién estoy llamada a llegar a ser.

A mis progenitores y a cuantos han colaborado con sus abusos y crímenes: los perdono. Los perdono de forma voluntaria: con todo el pleno uso de mi voluntad dada por Dios Amor para hacer el bien, haciéndolo por la gracia que se me concede para perdonar como he sido perdonada primero por Él.

Los perdono por todas las veces que experimenté dolor deliberadamente infligido durante mi infancia; por haber crecido sintiendo que aquello que más necesitaba de un padre y una madre y de un barrio —un apego seguro, una mirada que validara mi existencia y un amor incondicional— no estaba realmente presente en mi vida.

Los perdono por todas las experiencias de abandono afectivo profundo; por crecer sin comprender quién era, intentando encontrar en mí misma una explicación para aquello que nunca debió recaer sobre una niña.

Los perdono por todas las veces que mi valor dependía de cumplir expectativas ajenas y no simplemente de existir como hija, amada por Dios desde antes de mi nacimiento.

Los perdono por todo aquello que construyeron como manipulación de mi identidad; por las ocasiones en se me atribuían rasgos, motivaciones o limitaciones que yo no reconocía como propios, hasta llegar a dudar de mí misma.

Los perdono por las veces que mi voz ha sido robada y sustituida por narrativas construidas sobre mí, en lugar de ser escuchada tal como realmente soy.

Los perdono por todas las veces que mis logros académicos y de vida se convirtieron en algo destinado a llenar necesidades ajenas más que a celebrar con alegría el crecimiento de una hija.

Los perdono por toda la inseguridad emocional que experimenté; por los años en que me resultaba difícil distinguir qué era realmente mío y qué había aprendido a creer acerca de mí.

Los perdono por la inseguridad afectiva que viví; por jamás dejar de imponer una forma de ser “familia” cuyo amor era algo condicionado, frágil o sujeto a cumplir determinados papeles, en lugar de amar a cada miembro de la familia incondicionalmente, siendo tal cual es y creciendo juntos en sabiduría, madurez y gracia.

Los perdono por todas las experiencias en las que vulneraron mi dignidad humana, incluyendo aquellas en las que restringieron aspectos básicos de mi bienestar, de mi higiene, de mi autonomía o de mi capacidad de desenvolverme con estabilidad y serenidad.

Los perdono por todo el dinero invertido en mí cuando ese apoyo material no iba acompañado, desde mi experiencia, del afecto y del reconocimiento que un hijo necesita para crecer interiormente. Porque un hijo nunca puede reducirse a una transacción económica: posee una dignidad que nace de Dios y que ninguna circunstancia puede otorgar ni quitar.

Los perdono por no prepararme para vivir con libertad, seguridad y confianza, sino que crecí con profundas dificultades para reconocer situaciones dañinas y protegerme de ellas.

Los perdono también por el dolor que viví al contemplar el sufrimiento y la pérdida de mascotas debido a su crueldad sádica, sabiendo que amaba a los animales profundamente y que me hacían sufrir al verlos morir o al encontrarlos muertos.

Los perdono por todas las experiencias médicas y psicológicas profundamente confusas y dolorosas que provocaron con diagnósticos inducidos o que proyectaron con falsos diagnósticos; por todos los años en los que sentí que mi propia comprensión de mí misma quedaba constantemente cuestionada y que incluso el reconocimiento jurídico de mi personalidad quedaba anulado por sus abusos legales.

Los perdono por todas sus dinámicas de control coercitivo, aislamiento y presión psicológica que fueron erosionando poco a poco mi sentido de realidad y mi capacidad para confiar en mi propio juicio.

Los perdono por todas las veces que observé conductas que eran manipuladoras hacia otras personas, especialmente hacia niños, imposibilitándome a la vez poder denunciarlas como corresponde.

Los perdono por cada Navidad y por tantos momentos en que lo que más necesitaba no era un objeto, sino sentirme conocida. Incluso los regalos sencillos que ilusionaban mi corazón parecían quedar siempre desplazados por aquello que otros decidían que debía querer. Con el tiempo comprendí que el regalo que más anhelaba nunca fue un juguete: era sentir que alguien conocía de verdad mi corazón.

Los perdono por no haberme enseñado a quererme tal como Dios Amor me creó; por todas las veces en que debía convertirme en otra persona para ser aceptada como “familia amada”.

Los perdono por todas las veces que indujeron dudas de mis capacidades, de mis dones y de la posibilidad misma de realizar los sueños que Dios Amor sembró en mi corazón.

Los perdono por todas las ocasiones en ustedes mismos como “padres” sembraron obstáculos, desánimos o manipulaciones como intentos de impedir que desarrollara plenamente esos dones dados por Dios Amor.

Los perdono por las veces en que se han jactado de que mi alegría era interrumpida y de que mi estabilidad emocional era debilitada, para luego usar esa misma fragilidad para definir ustedes quién era yo.

Los perdono por los largos años en los que me pregunté por qué me sentía tan distinta dentro de mi propia familia, por todo el sufrimiento que me supuso por años no entender porqué no conectaba con ninguno de mis “padres” y familiares proyectados siempre desde su marco social de amor condicional, y por qué nunca encontré un verdadero sentido de pertenencia como familia.

Los perdono por todas las formas en que implementaron tácticas de aislamiento social encubiertas durante mi infancia y adolescencia; por haber aprendido desde muy pequeña a refugiarme en los libros, en la escritura y en el silencio porque allí encontraba un espacio donde podía existir con mayor libertad, sin darme cuenta de que me estaban aislando de compartir con los demás y con amistades como correspondía a alguien de mi edad.

Los perdono por las ocasiones en que todo espacio íntimo dejó de pertenecerme, incluyendo mi sexualidad.

Los perdono por todas las experiencias en las que gracias a sus artimañas narcisistas sádicas desordenadas acabé profundamente deshumanizada, despreciada o llevada al límite del sufrimiento psicológico.

Los perdono por todas las veces en que han usado a la religión como máscara de apariencia para minar mi sensibilidad espiritual e imitar como para mí la fe siempre ha sido un verdadero camino de conversión y de amor.

Los perdono por todas las ocasiones que se han dejado llevar por la envidia hacia los dones que Dios había puesto en mí, incluso cuando esos dones estaban llamados únicamente a ser ofrecidos con sencillez al servicio de los demás y jamás imaginé que ustedes estuvieran involucrándose en la vida parroquial solo para demostrar superar mis dones y carismas dados por Dios Amor para servir, no para competir con nadie, mucho menos con mis “padres”.

Los perdono por todo aquello que nunca recibí porque se negaron a darlo adrede.

Los perdono por todo aquello que jamás comprendieron porque se negaron a comprenderlo adrede.

Los perdono por todas las ocasiones en que mi intimidad, mi libertad personal y mi capacidad de decidir sobre mi propia vida han sido vulneradas, incluyendo con surveiliance digital no consentido; por las veces en que mi espacio legítimamente personal dejaba de pertenecerme y me era robado sin consentimiento o conocimiento, y que incluso mis relaciones, mis decisiones o mi mundo interior llegaban a convertirse en objeto de un control que yo nunca consentí.

Los perdono por todas las veces que incluso mi trabajo intelectual y creativo fue interferido o saboteado; por el profundo dolor de hacer sentir adrede que aquello que nacía de los dones que Dios sembró en mí encontraba una y otra vez obstáculos que parecían impedir su desarrollo pleno.

Los perdono por todas las ocasiones en que mis palabras, mis escritos o mis proyectos creativos eran frustrados o dañados, y por el sufrimiento que eso produjo en una vocación personal cuyo carisma formativo siempre ha encontrado en la creatividad una forma de responder al Amor de Dios.

Los perdono de manera muy especial por el dolor que viví cuando la pintura de Jesús Caridad fue rota a propósito, de la misma forma que han pretendido romperme a mí. Aquella obra nunca fue solamente un objeto artístico para mí: era una ofrenda nacida de la oración, un acto de amor y una expresión de la vocación que Dios iba formando silenciosamente en mi corazón. Verla romperse fue experimentar, una vez más, la sensación de que incluso aquello que ofrecía a Dios podía convertirse en blanco de destrucción.

Los perdono por todas las veces que sentí que mi creatividad fue tolerada únicamente cuando podía instrumentalizarse según sus intereses ajenos a mi bienestar integral y mi santidad, siendo rechazada o incluso combatida cuando florecía con la libertad propia con la que Dios la había concebido, porque ningún don pertenece a quienes intentan controlarlo: todo don pertenece, en primer lugar, a Dios Amor, que lo entrega para darlo para el bien de todos. Precisamente por eso los perdono: porque los dones que Dios concede pueden ser heridos, retrasados o perseguidos, pero nunca pueden ser definitivamente destruidos ni roto. Lo que nace del Amor siempre encuentra, tarde o temprano, el modo de volver a crecer, resplandecer y florecer.

Los perdono por todo aquello que quizá nunca reconocerán porque siempre se han negado a verlo adrede: su Unbeing War nunca ha sido contra mí, sino contra la realidad misma que se niegan a confrontar en sí mismos, pretendiendo no pocas veces tomar el lugar del mismísimo Dios en mi naturaleza personal, pretendiendo ser adorados y respetados como si fueran dioses, como si no pudiera haber nadie más poderoso, más obedecido y más temido que ustedes.

Los perdono por todas las ocasiones en que fui castigada físicamente y por el terror que esos momentos dejaron en mi memoria y en mi cuerpo.

Los perdono también por todas las veces en que experimenté castigos psicológicos; por las ocasiones en expresar mi propia identidad, pensar por mí misma o simplemente ser quien era conllevaba represalias, hostilidad o rechazo, hasta hacerme creer que existir con autenticidad tenía un precio a pagar con sufrimiento, ansiedad o estado de miseria.

Los perdono por cada momento en que el miedo ocupó el lugar donde debía haber habido seguridad; por las ocasiones en que sus reacciones me hicieron temer por mi propia integridad o por la de personas y animales a quienes quería y deseaba proteger.

Los perdono por todas las veces que restringieron mi acceso a la verdad; por todos los años de manipulación y surveiliance encubiertos, por las ocasiones en que la información que me correspondía saber como corresponde a todo ser humano, las explicaciones que hubieran evitado un gran sufrimiento o la posibilidad de comprender plenamente lo que estaba viviendo me eran negadas, dejándome durante años sin un marco social real desde el cual interpretar mi propia historia.

Los perdono por todos los años en que viví buscando respuestas para comprender una realidad social que, desde mi experiencia, permanecía constantemente envuelta en confusión, contradicciones y silencios.

Los perdono también por todos los años en que mi camino hacia la formación de una familia propia encontraba una y otra vez obstáculos profundamente dolorosos interpuestos por ustedes mismos; por cada circunstancia que forzaron con esclavitud social para impedir poder construir una auténtica comunión de vida y de amor, una Iglesia doméstica donde la Eucaristía pudiera prolongarse en la vida cotidiana mediante el don recíproco, la fidelidad, la ternura y el crecimiento compartido en Cristo.

Los perdono por todas las ocasiones en que frustraron, retrasaron o hirieron adrede y constantemente mi vocación a vivir una comunión plenamente encarnada; por el inmenso dolor de contemplar pasar los años sin poder ofrecer y recibir ese amor familiar que durante tanto tiempo he soñado construir según el designio de Dios, pero si no he podido hacerlo realidad ha sido, una y otra vez, directamente por su causa.

Los perdono por todas las experiencias en las que intentaron reducir mi noción de “ser familia” a una realidad marcada únicamente por la obligación, el miedo, el control o el sufrimiento, cuando Dios creó la familia para ser una escuela de libertad, de confianza, de servicio mutuo y de crecimiento en comunión.

Los perdono por todas las veces que el simple hecho de procurar ser la mejor persona que pudiera ser ante Dios Amor; ante el simple hecho de desarrollar los talentos recibidos para servir al bien común, a mi patria y a la Iglesia, de buscar vivir con verdad, con integridad y con caridad… se convertían en motivo de oposición, incomprensión o sufrimiento provocado por la opresión de la esclavitud social que han generado durante toda mi vida. Los perdono porque sigo creyendo que ninguna persona puede impedir definitivamente la vocación que Dios siembra en el corazón de otra. Los caminos humanos pueden retrasarse, las heridas pueden ser profundas y los años pueden parecer perdidos; pero la llamada de Dios permanece fiel. Sigo creyendo que fui creada para crecer en comunión, para amar y ser amada, para hacer de mi vida una Eucaristía viva y encarnada, y para contribuir al bien común con esta alianza de la caridad esponsal, allí donde Él me conduzca a edificar una verdadera Iglesia doméstica en la que Cristo, Jesús Caridad, sea siempre el centro, el origen y la plenitud de todo crecimiento en el Amor y la justicia del Cielo que viene de Él.

Los perdono por todas las veces que sentí obstaculizado mi acceso a la justicia; por cada ocasión en que experimenté impotencia ante situaciones profundamente injustas, y por el inmenso cansancio de intentar conservar mi dignidad cuando a mi voz no se le permitía tener aire para pronunciarse ni espacio para ser escuchada.

Los perdono por todos los intentos de reducir mi libertad, mi credibilidad o mi lugar entre los demás. Porque ninguna forma de humillación puede borrar la dignidad que Dios concede a cada uno de sus hijos.

Los perdono por todas las ocasiones en que provocaron dolor —físico o emocional— deliberadamente e incluso prolongadamente, y por todo el sufrimiento de hacer sentir que mi bienestar parecía convertirse en algo que debía ser restringido, como si encontrar paz, alegría o serenidad siendo simplemente quien Dios me creó para ser fuera algo que no podía permitírseme.

Los perdono por todas las veces que sentí que mi propio cuerpo dejaba de ser un lugar seguro para mí; por cada experiencia en la que indujeron —con manipulación ambiental tóxica y con manipulación psicosocial tóxica— síntomas, malestares, cambios físicos o emocionales ajenos a mi propia naturaleza y que me hicieron dudar incluso de mi propia capacidad para sobrevivir, comprender y afrontar lo que estaba sucediendo.

Los perdono por todos los años en que explotaron mi propia corporalidad convirtiéndolo en un terreno de incertidumbre permanente; por el profundo desasosiego de no saber cuándo podía confiar plenamente en mis propias fuerzas, en mis sensaciones o en mi bienestar.

Los perdono por todo el sufrimiento que experimenté cuando mi autonomía corporal, mi paz interior y mi capacidad de vivir con naturalidad fueron constantemente vulneradas y alteradas tóxicamente: ningún ser humano debería ser forzado a sobrevivir sintiendo que incluso su propio cuerpo deja de pertenecerle como un espacio de libertad y de dignidad. Los perdono porque mi cuerpo no les pertenece. Mi mente no les pertenece. Mi corazón no les pertenece. Mi vida pertenece a Dios, que me creó para vivir en la verdad, en la libertad y en el Amor. Aunque durante años haya experimentado esa libertad como profundamente herida, sigo creyendo que Él puede restaurarla plenamente.

Los perdono por todas las veces que intenté explicar quién era realmente, pero mi voz era sustituida por interpretaciones ajenas, hasta el punto de llegar a preguntarme si algún día alguien llegaría a conocerme tal como Dios me conoce.

Los perdono por todas las veces que confundieron mi sensibilidad con debilidad, mi creatividad con extravagancia, mi búsqueda de la verdad con rebeldía y mi deseo de amar con ingenuidad.

Los perdono por todas las veces que experimenté que mi confianza en otras personas ha quedado profundamente herida por los proyectado por ustedes, haciéndome creer que el Amor verdadero era una excepción imposible y no la vocación para la que todo ser humano ha sido creado.

Los perdono por todas las ocasiones que intentaban reducir mi vocación a sobrevivir, cuando Dios me había creado para vivir, florecer, servir y dar fruto abundante.

Los perdono por todos los años en que crecí creyendo que debía pedir permiso para existir con autenticidad, cuando Dios jamás me pidió otra cosa que responder libremente a su Amor.

Los perdono por todas las veces que intentaron apagar la esperanza que Dios seguía sembrando silenciosamente en mi corazón, porque incluso cuando todo parecía perdido, Él seguía plasmando en mí una esperanza más fuerte que el sufrimiento.

Los perdono por todas las veces que el miedo y el terror impuesto por ustedes pretendía ocupar el lugar de la libertad, el control el lugar del amor y la esclavitud el lugar de la comunión. Ninguna de esas cosas procede de Dios Amor.

Los perdono por todas las veces que intentaron convencerme de que debía conformarme con una existencia reducida y desangrada one psychosocial shooting after another, un personhood bloodshed tras otro, cuando Dios Amor me ha creado para crecer continuamente en la plenitud de mi ser, de mi obrar y de mi comunión.

Los perdono por haber normalizado reducir mi historia al sufrimiento, cuando Dios Amor nunca ha dejado de escribir en ella una historia viva de Amor, una historia mucho mayor de gracia, fidelidad, esperanza y misericordia. Los perdono porque ninguna herida tiene la última palabra sobre una vida entregada al Amor. La última palabra de un corazón comprometido en Su alianza de la caridad siempre pertenece a Él.

Los perdono, sobre todo, por todas las veces que intentaron impedir que llegara a ser plenamente quien Dios me creó para ser, porque la vocación más profunda de toda persona consiste precisamente en crecer continuamente en la plenitud de su identidad, de su creatividad y de su fraternidad, y esa obra pertenece únicamente a Dios Amor. Ningún ser humano puede apropiársela.

Hoy elijo no permitir que las experiencias que forzaron en mi vida definan quién soy. Mi identidad no nace de los castigos que recibí ni de los miedos que viví. Mi identidad nace del Amor que me creó libre, verdadera y llamada a crecer en comunión.

Sí, los perdono porque mi identidad no depende de lo que hicieron o dejaron de hacer.

Mi identidad nace del Amor de Dios.

He sido hija de Dios antes que su víctima.

He sido persona sagrada antes que su esclava social.

He sido llamada antes que herida.

No, no deseo devolverles mal por mal. Deseo que la verdad salga plenamente a la luz, que la justicia siga su camino allí donde corresponda y que cada persona pueda asumir libremente la responsabilidad de sus propios actos. Sé que mi perdón no elimina esa responsabilidad, simplemente renuncio a convertir el resentimiento en el centro de mi vida.

Elijo que sea el Amor Quien tenga la última palabra.

Rezo para que algún día ustedes también puedan contemplarse con verdad, reconocer el daño que causaron y abrir el corazón a una conversión auténtica, pero si ese día nunca llega, seguiré caminando igualmente, siempre cumpliendo el deber de rezar incondicionalmente por quienes me dieron la vida y encomendándolos a la misericordia de Dios Amor.

Porque mi vida ya no pertenece al miedo.

Pertenece al Amor.

Y nadie puede arrebatarme la dignidad de hija que Dios me ha dado desde siempre y para siempre.

Esto se les ha dicho muchas veces a lo largo de los años: entréguense libremente a las autoridades mientras aún están a tiempo de evitar un mal mayor. Reconozcan la verdad. Asuman la responsabilidad de sus actos. Permitan que la justicia siga el camino que le corresponde.

Sin embargo, una y otra vez han elegido no hacerlo.

Se ha contemplado con profundo dolor cómo, allí donde aún era posible detenerse, pedir perdón y comenzar un camino de conversión, han preferido perseverar en dinámicas cada vez más dañinas, más deshumanizantes y más crueles. Cada oportunidad de rectificación la convierten en una nueva oportunidad para intensificar el sufrimiento en lugar de detenerlo.

No escribo estas palabras movida por el resentimiento. Las escribo porque toda persona conserva hasta el último instante la libertad de elegir entre la verdad y la mentira, entre el amor y el odio, entre la conversión y la obstinación. Mientras hay vida, siempre existe la posibilidad de volver al Amor.

Por eso, cualquiera que sea el camino que finalmente elijan recorrer; cualquiera que sea el grado de crueldad al que decidan aferrarse o del que algún día decidan apartarse, deseo que quede plenamente claro, delante de Dios y delante del mundo, cuál es mi decisión.

Los perdono.

Los perdono a ustedes y perdono también a todas aquellas personas que conscientemente y deliberadamente hayan colaborado, facilitado, encubierto, justificado o permitido el sufrimiento que han causado y los crímenes que han cometido.

Los perdono, no porque el daño no importe, ni porque la verdad deje de ser verdad, ni porque la justicia deba renunciar a su misión: los perdono porque Cristo me amó primero. Porque Él me perdonó primero. Porque el perdón que he recibido gratuitamente deseo ofrecerlo gratuitamente, participando de la fraternidad sacramental que nace de su Cruz y de su Resurrección.

No puedo controlar las decisiones que ustedes tomen.

Sí puedo decidir quién quiero ser yo.

Y elijo permanecer en el Amor.

Jamás responderé al odio con odio.

Jamás responderé a la deshumanización deshumanizando.

Jamás responderé a la crueldad negando la dignidad que Dios ha inscrito en cada ser humano.

Por graves que sean los actos que cada persona haya cometido, seguiré reconociendo que su dignidad como persona creada por Dios permanece intacta, aunque esa misma dignidad exija asumir plenamente las consecuencias de los propios actos. Por eso no deseo su muerte de ninguna forma, incluyendo por pena capital. No deseo su destrucción. No deseo su condenación eterna. Rezo para que algún día conozcan una conversión auténtica y profunda, porque mientras una persona vive, la misericordia de Dios continúa llamando a la puerta de su corazón.

Precisamente porque creo en la dignidad de toda persona, creo también en la dignidad de la justicia. La misericordia nunca consiste en abandonar a las víctimas. La misericordia nunca consiste en ocultar la verdad. La misericordia nunca consiste en impedir que quien ha causado un daño responda por él. La verdadera misericordia y la verdadera justicia caminan juntas. Por ello, si los hechos que la justicia llegue a establecer requieren que pasen el resto de su vida privados de libertad para proteger a otras personas y salvaguardar el bien común, no lo viviré como un deseo de venganza, sino como una consecuencia legítima del Estado de derecho y como una medida necesaria para la protección de los más vulnerables.

Seguiré deseando su conversión.

Seguiré rezando por ustedes.

Seguiré reconociéndolos como hermanos en dignidad.

Pero nunca volveré a confundir el perdón con la renuncia a la verdad, ni la misericordia con la impunidad.

Porque el Amor verdadero siempre perdona.

Y precisamente por amar la verdad, también permite que la justicia realice plenamente la obra que le corresponde.

Hasta aquí esta forgiveness letter. Se despide la hija que ustedes engendraron, pero nunca aprendieron a amar como hija; la que seguirá rezando por su conversión, su alegría verdadera y su salvación eterna…

Se despide aquella cuya dignidad filial nunca pudieron destruir y que, precisamente por esa dignidad recibida de Dios Amor, seguirá rezando por ustedes hasta el final de sus vidas, encomendándolos a la misericordia de Su Corazón:

Victoria