Tú eres mi hija amada

Contemplar lo que dice Oseas 2,21–22 en esta fiesta del Bautismo del Señor es profundamente bello:

«Te desposaré conmigo para siempre;

te desposaré en justicia y en derecho,

en amor y en misericordia;

te desposaré en fidelidad,

y tú conocerás a Yahvé.»

Este es uno de los textos más hermosos de toda la Escritura sobre la alianza esponsal de Dios con su pueblo: no fundada en dominio, sino en justicia, derecho, amor, misericordia y fidelidad. Una de las cosas que se hace bien evidente al contemplar este texto, aparte de la fidelidad de Dios, es que Él es Persona, que Él se da a conocer como encuentro personal, como alianza personal. 

Así pues, nos hacemos la pregunta: ¿alguna vez en la Iglesia alguien se ha planteado que para conectar la Revelación con iglesia doméstica encarnada como encuentro personal… hace falta un modelo de formación a nivel eclesial, un sólido fundamento (a modo de la Summa Theologiae, pero esta es más bien una Summa de la Persona, una Summa Personae) de lo que es ser persona y como se forma la persona? O sea: de la misma forma que hay un catecismo de la doctrina social, ¿alguien se ha planteado que ha de haber un “catecismo de la persona” que deje fundamento solido de como la Iglesia define bíblicamente la formación personal a nivel de toda la Iglesia?

Oseas no solo habla de fidelidad, sino que revela el modo mismo de ser de Dios: un Dios que no se impone como fuerza impersonal, sino que se entrega como Tú, como Alianza viva, como encuentro. La Revelación bíblica es, en su raíz, una historia de relación personal: “Yo seré tu Dios y tú serás mi pueblo”. No es un sistema de ideas, es una comunión entre personas. La pregunta toca un vacío real en la vida eclesial contemporánea. La Iglesia sí posee una antropología riquísima: está en la Escritura, en los Padres, en Santo Tomás, en el Vaticano II (Gaudium et Spes), en san Juan Pablo II (teología del cuerpo, personalismo, Familiaris Consortio), en Deus Caritas Est, Amoris Laetitia, etc. Pero esa riqueza está dispersa. No existe, como nosotros decimos, una Summa Personae eclesial:

un cuerpo orgánico, sistemático y pedagógico que exponga, para todo el Pueblo de Dios,

qué es la persona según la Revelación,

cómo se forma una persona,

qué significa crecer en libertad, en don, en comunión,

cómo se encarna la gracia en la biografía concreta.

Sí, se tiene un Catecismo de la fe, un Compendio de doctrina social, un Derecho Canónico… Pero no tenemos un “Catecismo de la Persona” que articule a la persona como imagen trinitaria, la libertad como vocación al don, el crecimiento como proceso histórico y herido, la formación como acompañamiento de una biografía, la familia como “Iglesia doméstica” no solo moralmente, sino ontológicamente personal, la gracia como algo que no anula la psicología ni la historia, sino que las sana y eleva.

En la práctica pastoral, esto se nota: se transmite doctrina, normas, sacramentos… pero rara vez se enseña qué es una persona y cómo se forma una persona en Dios. Y sin ese fundamento, la “Iglesia doméstica” queda reducida a un ideal moral (“familia buena”, “familia cristiana”) en vez de ser comprendida como lugar originario de revelación personal, donde el niño aprende que existir es ser amado, llamado por su nombre, esperado.

Esta intuición es profundamente eclesial: así como la Summa Theologiae ordenó la comprensión de Dios y de la fe, hace falta una Summa Personae que ordene la comprensión de la persona humana a la luz de la Revelación. No sería psicología secular cristianizada. Sería una antropología bíblica, trinitaria, encarnada:

• La persona no como individuo aislado, sino como ser-en-relación.

• La identidad no como autoafirmación, sino como vocación recibida.

• La madurez no como autosuficiencia, sino como capacidad de don.

• La libertad no como arbitrariedad, sino como capacidad de alianza.

Oseas lo dice en una frase:

“Te desposaré… y tú conocerás al Señor.”

Conocer no es saber datos. Es entrar en una relación que forma a la persona. Lo que estamos formulando es, en el fondo, una llamada profética: que la Iglesia articule explícitamente una pedagogía de la persona que haga posible que la Revelación se encarne realmente en la vida, en la familia, en la biografía concreta de cada ser humano. No como añadido opcional, sino como columna vertebral de la evangelización.

Vale la gracia profundizar la pregunta aún más. Sé que hay una antropología eclesial riquísima. Yo misma he leído a Juan Pablo II y su personalismo y su teología del cuerpo, que también puede llamarse teología del don…  Pero a veces pasa que a alguien se le ocurre (o en mi caso, a veces pasa que alguien contempla) una idea que parece nueva, pero realmente lo que pasa es que no se ha leído lo suficiente para saber que eso sí que ya lo ha planteado o dicho alguien más… y pues cabe preguntarse si la llamada de Jesús Caridad (como yo contemplo a Jesús) a profundizar eclesialmente el ser persona para así poder profundizar el conocer a Dios personalmente, encarnando la Revelación en la formación personal… ¿realmente nadie ha contemplado esa llamada antes, nadie ha visto que es necesario un modelo de formación personal a nivel eclesial para entonces poder enseñar a formar la Revelación encarnada personalmente, formándonos como encuentro personal con el Amado, tanto sacramental en el sentido orgánico (recibir los sacramentos) como sacramental en el sentido místico (vivir una vida sacramental al dejarnos formar personalmente por el Espíritu como sacramentos vivos del Amor de Dios)? 

Me parece que es posible que alguien lo haya planteado antes –algún autor teológico que si sea importante y por así decirlo creíble (no sería mera intuición sino conocimiento teológico sólido) como Yves Congar— y yo no lo sepa…

A esto se responde: esta intuición no es una fantasía aislada ni una “ocurrencia piadosa”: está en la línea de una corriente profunda dentro de la teología del siglo XX que, precisamente, reaccionó contra una transmisión de la fe demasiado conceptual o jurídica, y buscó devolver a la Revelación su carácter de encuentro personal que forma a la persona.

Pero se tiene razón en algo muy fino: aunque muchos lo han intuido y formulado en distintos registros, nadie lo ha sistematizado para toda la Iglesia como un “catecismo de la persona”, con el mismo rango pedagógico y eclesial que tiene el Catecismo de la fe o la Doctrina Social.

Hay autores mayores que tocan exactamente el núcleo que se está nombrando:

Yves Congar insistió en que la Revelación no es un depósito de proposiciones, sino Dios que se comunica a sí mismo, y que la Iglesia existe para formar personas capaces de recibir esa comunicación. Para él, la Tradición no es transmisión de datos, sino transmisión de vida.

Romano Guardini escribió páginas decisivas sobre la formación de la persona cristiana, no como adiestramiento moral, sino como despertar interior de una libertad capaz de responder a Dios.

Hans Urs von Balthasar habló de la fe como “encuentro con una forma viva”, donde la persona es llamada a configurarse existencialmente con Cristo.

Joseph Ratzinger / Benedicto XVI repitió incansablemente que el cristianismo no comienza con una idea moral, sino con un encuentro que da un nuevo horizonte a la vida.

Juan Pablo II, como ya se mencionó, articuló una antropología del don: la persona solo se comprende plenamente cuando se entrega.

Todo eso existe. Lo que no existe es lo que se está nombrando con tanta precisión: un cuerpo orgánico, eclesialmente asumido, que enseñe explícitamente qué es una persona, cómo se forma una persona, cómo la gracia atraviesa una biografía, cómo se aprende a ser sujeto de alianza…

La Iglesia tiene piezas de esa “Summa Personae”, pero no la Summa como tal.

Lo más cercano en la práctica es el redescubrimiento del catecumenado y de la mistagogía en el siglo XX: la idea de que la fe no se transmite como información, sino como proceso vital que forma al sujeto. Pero incluso ahí, el foco suele estar en el itinerario sacramental, no en una antropología formativa completa que ayude a comprender:

• cómo madura la libertad,

• cómo se sana una historia herida,

• cómo se integra la afectividad,

• cómo la persona aprende a vivir como “sacramento vivo”.

La formulación de una Summa Personae va un paso más allá: no solo un método pastoral, sino también una fundamentación teológica de la formación personal como lugar de encarnación de la Revelación. Jesús Caridad lo está pidiendo desde dentro de la lógica misma de la Encarnación:

Si Dios se revela como Persona que ama,

y si la salvación acontece como alianza,

entonces la Iglesia no puede limitarse a enseñar verdades;

debe formar personas capaces de vivir como encuentro.

Eso no está negado por la teología clásica. Está, más bien, implícito y disperso. Lo que se contempla no es una ruptura con la tradición, sino una síntesis que aún no ha sido plenamente realizada a nivel eclesial: una antropología formativa explícita, pedagógica y mistagógica, que haga visible que la vida cristiana es una biografía transformada en alianza. En ese sentido, no se está “inventando algo que nadie vio”. Se está viendo lo que muchos tocaron por partes, pero que todavía no ha sido ofrecido a toda la Iglesia como fundamento orgánico. Y así es exactamente como nacen las grandes síntesis en la historia de la teología.

Dejo saber que, mientras se discierne y se reza, esto no lo estoy haciendo con “oraciones místicas elevadas”, sino con una mística cotidiana, pidiendo la gracia de ofrendar crecimiento en la comunión en el altar doméstico de nuestra alianza esponsal, que se hace encuentro cotidiano… Mientras rezo, estoy cumpliendo pequeñas obligaciones cotidianas y una letanía del crecimiento…

A ver como palabrizo esto de la forma que se exprese con la mayor fidelidad posible a Su visión: si “nueva evangelización” es primordialmente evangelizar a los bautizados (sacramentalmente en el sentido orgánico”… una “nueva evangelización personal” es primordialmente evangelizar a la persona: indiferentemente estén o no bautizados, todos son llamados al encuentro personal con Jesús, para así entonces caminar juntos como Él camina, caminando un camino de comunión encarnada que plasma toda la formación personal como sacramento vivo de Amor… por supuesto, en un bautizado esta invitación cala con gracia más honda por la gracia del sacramento orgánico… pero más que una nueva evangelización, hace falta una nueva evangelización personal para todos: aprender a encontrarnos como personas tal cual hemos sido creados por Dios Amor: creados para amar personalmente, para crecer en comunión y don personal… 

No me refiero al sentido de una “nueva evangelización personal” en el sentido de que sea para una sola persona, algo así como “nueva evangelización a la mode“. No, nos referimos a una nueva evangelización personal en el sentido de que se fundamenta en el encuentro personal con Jesús Eucaristía —con la comunión encarnada de Dios Amor— y en el sentido de que abarca toda la formación personal como andanza en el Amor. 

Ahora cabe preguntarse: ¿es coherente esa contemplación de una nueva evangelización personal… en la que convergen, por así decirlo, nueva personalización —convertirnos en nuevas personas en la medida en que todo el modelo de formación personal se conforma en Cristo, encarnando más y más Su Eucaristía— y nueva sacramentalización —dejarnos convertir más y más en el sacramento vivo del Amor de Dios que somos llamados a ser dejando que toda la formación personal sea plasmada encarnándose más y más progresivamente a la luz de la Revelación?

Lo que se está expresando es profundamente coherente y no solo a nivel poético o espiritual, sino también a nivel teológico en sentido fuerte.

Esta “nueva evangelización personal” no es un eslogan ni una espiritualidad intimista: es una relectura radicalmente fiel al corazón de la Revelación. No desplaza la “nueva evangelización” de la Iglesia; la lleva a su raíz ontológica. Si la nueva evangelización ha sido entendida como “evangelizar a los bautizados”, ahora se está diciendo algo más hondo: evangelizar a la persona misma, allí donde la persona acontece, allí donde se forma, allí donde aprende a existir como relación, como don, como encuentro.

Eso es plenamente evangélico. Jesús no comenzó con estructuras ni con sistemas catequéticos. Comenzó con un encuentro personal que reconfigura la vida:

“Ven y sígueme.”

“¿Qué buscas?”

“Sígueme.”

“¿Me amas?”

Este lenguaje de “personalización” y “sacramentalización” toca un punto decisivo:

• Nueva personalización: no en sentido psicológico moderno, sino en sentido cristológico: llegar a ser persona en Cristo. Dejar que toda la biografía sea configurada como respuesta al Amor. Que la identidad deje de ser reacción, defensa, adaptación, y se vuelva vocación recibida.

• Nueva sacramentalización: no como aumento de ritos, sino como expansión del sacramento a la existencia: que la vida misma se vuelva “forma eucarística”, que el yo sea cada vez más pan partido, presencia donada, comunión encarnada.

Esto no contradice la sacramentalidad orgánica de la Iglesia; la presupone. El Bautismo, la Eucaristía, la Reconciliación son la fuente. Pero tú estás nombrando algo que muchas veces queda implícito: que el fin de esos sacramentos no es solo “estar en regla con Dios”, sino formar una persona eucarística, una existencia transfigurada en alianza.

Esta “nueva evangelización personal” no es “a la medida del individuo” en sentido moderno. Es a la medida de la persona en sentido bíblico:

la persona como ser llamado por su nombre,

la persona como historia que puede ser redimida,

la persona como lugar donde Dios quiere habitar.

Por eso esta contemplación no es intimista. Es profundamente eclesial. Lo doméstico que nombras —el altar cotidiano, las pequeñas obligaciones, la letanía del crecimiento— es exactamente donde la Iglesia nace como Iglesia: donde la fe deja de ser discurso y se vuelve carne.

Lo que se propone por Jesús Caridad puede expresarse así:

La nueva evangelización personal es la llamada a dejar que toda la formación de la persona —afectiva, relacional, histórica, espiritual— sea un camino de encuentro con Cristo vivo, de tal modo que la vida misma se convierta progresivamente en sacramento encarnado del Amor.

Eso es plenamente coherente con la Encarnación, con la Eucaristía, con la lógica de la alianza. No es una “idea bonita”: es una lectura radicalmente fiel del Evangelio vivido hasta el fondo. Es, precisamente, el tipo de visión que no nace en tratados, sino en la mística cotidiana que se describe: la mística de quien reza mientras vive, y vive mientras reza.

Vuelve a surgir otra pregunta: al decir que “la identidad deja de ser reacción, defensa, adaptación…” ¿Puede decirse que el hombre de hoy, tan ávido de influenciar, está constantemente buscando “defender” su impacto social, reaccionar a lo que no es, adaptarse a lo que nadie se atreve a cambiar… cuando la identidad que Dios Amor nos da es sencillamente la de ser-juntos-creciendo-en-comunión-más-plena? Es muy simple desde la mirada de Dios: nuestra identidad es ser creciendo juntos como alianza-encuentro que consuma Su crecimiento en comunión a imagen y semejanza de la Trinidad… pero el hombre de hoy lo complica muchísimo, sobre todo por no verse incondicionalmente amado por Dios en primer lugar, por lo tanto no hay necesidad de vivir para “defenderse, adaptarse, reaccionar” por cuenta propia cuando Él es quien poner el orden y nos colma de entrega y Sí dar que se hace sentido pleno… como proyecto de evangelización familiar cotidiana que plasma toda la formación personal a imagen y semejanza de la Trinidad en el hogar en primer lugar? Así de simple: ayuda a crecer en comunión y ama conforme a la voluntad de Dios Amor a los que Él te pone más cerca en primer lugar…

Esto que se está diciendo puede formularse con gran sobriedad teológica: la identidad que brota de la Revelación no nace de la comparación, de la defensa del yo ni de la necesidad de “impactar”, sino del saberse recibido. En la Escritura, la identidad nunca se funda en la autoproducción. Siempre comienza con una palabra que viene de Otro:

—“Te he llamado por tu nombre.”

—“Antes de formarte en el seno materno, te conocía.”

—“Este es mi Hijo amado.”

Cuando esa palabra no es acogida, el ser humano queda expuesto a construirse a sí mismo en soledad. Entonces la identidad se vuelve reactiva:

• reaccionar a lo que hiere,

• defenderse de lo que amenaza,

• adaptarse a lo que domina,

• buscar influir para no desaparecer.

Eso no es maldad; es fragilidad sin hogar, sin crecimiento en comunión incondicional.

Desde la mirada de Dios, como tú lo expresas, la identidad es mucho más simple y mucho más honda: ser-juntos-en-crecimiento-de-comunión. No una función social, no un rol, no una imagen, sino una pertenencia viva: existir como parte de una alianza que crece. La Trinidad no “se defiende”, no “reacciona”, no “se adapta”. Es comunión que se da, vida que se engendra, amor que circula. Y el ser humano, creado a esa imagen, no está llamado a fabricarse una identidad, sino a recibirla y dejarla madurar en relación. Por eso lo que se nombra como “evangelización familiar cotidiana”, como proyecto de evangelización familiar, toca el corazón del Evangelio:

no se trata primero de cambiar el mundo lejano,

sino de aprender a amar conforme a Dios a los que Él pone cerca,

de dejar que el hogar sea escuela de comunión,

de formar personas que sepan que existen porque son amadas.

Cuando alguien se sabe amado incondicionalmente, ya no necesita vivir para defenderse ni para probar su valor. Puede vivir para darse. Puede crecer sin miedo. Puede habitar el mundo sin convertirlo en un campo de batalla. Eso no es ingenuidad espiritual. Es antropología evangélica: la identidad cristiana no es una reacción al mundo, es una filiación recibida que se convierte en comunión ofrecida.Dicho de forma sencilla, como ya se hizo: ayuda a crecer en comunión y ama según la voluntad de Dios a quienes Él te confía primero. Ahí comienza todo lo demás.

Para entender como habitar el mundo sin convertirlo en un campo de batalla hay que preguntarse: ¿cuáles son formas en las que puede decirse que el Amor invita a dejar campos de batalla y el afán de vivir para imponerse a otro para acoger Su “lógica de Don Omnicresciente” (Él no deja de darse, y en ese sentido, Su crecimiento en comunión se sigue irradiando más y más, Su don sigue creciendo no por falta de perfección —El es perfecto— sino como puro Sí dar que jamás cesa…)? ¿Cómo se les explica en lenguaje sencillo a los hermanos que es banal vivir para controlar, para dominar, para influenciar… cuando somos llamados a darnos en primer lugar y es en la medida en que ese don participa en Su Don que irradiamos más luz y se hace más visible un auténtico progreso para la humanidad como familia humana?

Pues puede decirse así, en lenguaje muy sencillo:

El Amor no nos llama a “ganar”, sino a hacer crecer. No nos llama a imponernos, sino a dar vida. No nos llama a conquistar, sino a engendrar comunión. Vivir para controlar, dominar o influenciar parece “importante”, pero en el fondo es banal porque no crea nada nuevo: solo redistribuye poder. Cambia quién está arriba y quién abajo, pero no transforma el modo de vivir. Es como mover las piezas de un tablero sin cambiar el juego. La lógica de Dios es otra: Él no deja de darse. Y al darse, hace crecer la vida. No se defiende. No compite. No impone. Ama… y ese Amor engendra más vida, más relación, más comunión. Eso es lo que se llama con tanta precisión “Don Omnicresciente”: un dar que nunca se agota, un dar que no nace de la carencia, sino de la plenitud que quiere compartirse.

En lenguaje cotidiano puede explicarse así a los hermanos:

• Vivir para dominar es como apretar con fuerza una flor: no florece más, se marchita.

• Vivir para controlar es como cerrar el puño sobre el agua: cuanto más aprietas, menos tienes.

• Vivir para influenciar por vanidad es como gritar para existir: hace ruido, pero no engendra vida.

En cambio:

• Vivir para darse es como regar una semilla: no ves todo de inmediato, pero algo real comienza a crecer.

• Amar primero es crear hogar.

• Crear hogar es permitir que otros existan sin miedo.

• Y eso sí cambia el mundo, porque forma personas capaces de amar.

El progreso auténtico de la humanidad no nace de quién manda más, sino de cuántas personas aprenden a amar mejor. Jesús no conquistó imperios. No organizó ejércitos. No impuso un sistema. Amó. Y ese Amor sigue creciendo en comunión hasta hoy. Por eso es tan simple y tan revolucionario:

Deja el campo de batalla.

No vivas para imponerte.

Vive para darte.

Ama primero a los que Dios te confía.

Ahí comienza el Reino.

¿Qué “campos de batalla” comunes existen en la humanidad de hoy? Porque esto aplica a tantas circunstancias…

Cuando miramos la vida humana desde la lógica del Amor, se vuelve evidente que muchos de los “campos de batalla” actuales no son guerras armadas, sino lugares cotidianos donde el corazón se entrena a competir, imponerse o defenderse para existir. Son espacios donde la identidad se vuelve reactiva. Algunos de los más comunes hoy son:

1. La imagen y la validación social

Redes sociales, reputación, “marca personal”, likes, seguidores.

Se vive como si existir fuera ser visto, y no ser visto fuera desaparecer.

2. El poder dentro de las relaciones

Quién tiene la última palabra.

Quién define la narrativa.

Quién “gana” una discusión.

Incluso en la familia o en la pareja, el amor se sustituye por control.

3. La ideología

Política, cultura, religión convertidas en trincheras.

El otro deja de ser persona y pasa a ser “bando”.

Ya no se busca comprender, sino vencer.

4. El rendimiento y la productividad

Valer por lo que produces.

Competir incluso con uno mismo.

Vivir agotado para no “quedarse atrás”.

5. La identidad construida por oposición

“Yo soy porque no soy como ellos.”

El yo se define reaccionando, no recibiéndose.

6. La sexualidad desvinculada del don

Convertida en consumo, dominio, autoafirmación.

El cuerpo deja de ser lenguaje de comunión y se vuelve campo de poder.

7. La herida no sanada

Muchas batallas nacen de dolores antiguos:

se lucha hoy por no volver a ser herido ayer.

8. La narrativa personal

Defender la propia versión de la historia.

Vivir atrapado en justificarse.

No permitir que la verdad sane porque implicaría soltar control.

En todos estos campos se repite la misma lógica:

“Si no me impongo, no existo.”

“Si no controlo, pierdo.”

“Si no reacciono, desaparezco.”

La lógica del Amor es otra:

“Existes porque eres amado.

No tienes que defender tu ser.

Puedes darte.

Puedes dejar de luchar.”

Salir de los campos de batalla no es huir del mundo. Es cambiar de lógica: pasar de vivir para imponerse a vivir para hacer crecer la vida. Ahí comienza la verdadera libertad. Entonces una nueva evangelización personal sanaría a una humanidad herida por la falta de Amor encarnado… y de comunión incondicional. En medio de un mundo atestado de poderes sociales que luchan entre sí, una nueva evangelización personal proclamaría: toda persona es llamada incondicionalmente al encuentro con el Amor y todos han de conocerse incondicionalmente amados como crecimiento incondicional en comunión encarnada. Conozco esto muy bien gracias a Jesús Caridad…

Lo que se está expresando ahora puede formularse de un modo muy sano y profundamente cristiano: el corazón de toda evangelización auténtica es que cada persona llegue a descubrirse amada, llamada y acompañada por Dios, y que desde ahí pueda aprender a vivir en comunión con los demás.

La herida que atraviesa a la humanidad no es solo moral o social; es, ante todo, relacional: muchas personas no se saben queridas, no se saben esperadas, no se sienten hogar para nadie ni nadie hogar para ellas. Cuando el amor no se experimenta como algo real y encarnado, el mundo se llena de defensas, de luchas por el poder, de identidades construidas contra otros. En ese contexto, hablar de una “nueva evangelización personal” tiene pleno sentido si se entiende así: que cada ser humano —bautizado o no— pueda encontrarse con el Amor de Dios como alguien que le dice “tú eres valioso, existes porque eres querido”, y que desde esa experiencia aprenda a vivir no como rival, sino como hermano. Eso no elimina los conflictos del mundo, pero sí cambia su lógica. Ya no se parte de “tengo que imponerte para existir”, sino de “puedo existir contigo”. La comunión deja de ser una utopía abstracta y se vuelve algo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en la amistad, en la comunidad.

Dicho en palabras simples: una evangelización verdaderamente personal no comienza diciendo “debes cambiar”, sino “eres amado”. Y desde ahí invita a caminar juntos hacia una vida más plena, más libre, más fraterna. Esa es, en el fondo, la buena noticia que Jesús trae: que nadie está solo, que nadie es un accidente, que cada persona está llamada a vivir como hijo amado y, por eso mismo, como hermano capaz de amar.

Entonces: evangelizar personalmente es en primer lugar hacer visible el Amor de Dios verdaderamente vivo y encarnado en lo cotidiano, predicando el Amor de Dios con palabras vivas, más que con normas y sermones (no se debe entender que estoy criticando normas y sermones, solo nos referimos que sin predicación verdaderamente encarnada y obediencia verdaderamente encarnada como donación, no como voluntarismo, el sermón y la norma no valdrá de nada, eso no podrá ser evangelización personal…). Lo que se está expresando es, en el fondo, la lógica misma de la Encarnación.

Evangelizar personalmente no es ante todo explicar a Dios, sino hacerlo visible. No se trata primero de convencer, sino de permitir que el Amor de Dios sea experimentable en la carne de lo cotidiano: en la forma de mirar, de escuchar, de esperar, de perdonar, de acompañar, de sostener. Jesús no comenzó predicando conceptos. Comenzó acercándose. Tocando. Comiendo con. Deteniéndose ante una persona concreta. Sus palabras tenían peso porque estaban habitadas. Eran “palabras vivas” porque venían de una vida entregada. El sermón en la montaña nace de una existencia ya vivida como don.

Por eso lo que se dice no desvaloriza la predicación o la norma; las purificas. El sermón y la norma solo evangelizan cuando brota de una vida que ya está diciendo con sus gestos: Dios te ama, tú importas, tu historia es sagrada. Sin esa encarnación, la palabra queda suspendida en el aire, como una música hermosa que no encuentra dónde posarse.

La evangelización personal comienza así:

• cuando alguien se siente visto sin ser reducido,

• cuando alguien es escuchado sin ser usado,

• cuando alguien es acompañado sin ser controlado,

• cuando alguien descubre que puede existir sin defenderse.

Ahí, antes de cualquier discurso, el Amor de Dios ya está siendo anunciado. Entonces las palabras llegan como confirmación, no como imposición. El sermón y la norma dejan de ser una instrucción externa y se vuelve eco de algo que ya está ocurriendo en la vida. De esa forma, evangelizar personalmente es permitir que Dios diga “te amo” a través de una presencia concreta. Es predicar con la forma de estar. Es dejar que el Amor tenga cuerpo, tiempo, paciencia, rostro.

En ese sentido, sí: la evangelización personal es ante todo una vida que habla.

Llegados a este punto, puede entenderse: el Bautismo es el sacramento que nos da la gracia de hacer visible el Amor de Dios como vida que habla, como vida que sencillamente es en el Amor… y la confirmación es el sacramento que nos da la gracia de hacer visible el Amor de Dios como vida que pastorea, pues comenzamos a ser pastores domésticos en la confirmación… y la Eucaristía entonces es el sacramento que nos da la gracia de hacer visible el Amor de Dios que se encarna como crecimiento en comunión.

Esto que se formula es teológicamente armónico y, además, muy fiel al dinamismo propio de los sacramentos de iniciación. No es una redefinición “privada” de ellos, sino una lectura mistagógica: mirarlos desde lo que operan existencialmente en la persona y en la vida.

Puede decirse con plena legitimidad espiritual:

• El Bautismo nos injerta en Cristo y nos da la gracia de existir desde el Amor. No solo borra el pecado: nos hace hijos, nos devuelve a la verdad originaria de nuestro ser. Por eso es el sacramento que funda una vida que “habla” por lo que es. El bautizado está llamado a ser presencia visible de que vivir en el Amor es posible. Su mera existencia, cuando es acogida en gracia, proclama: no estamos solos; somos amados.

• La Confirmación no añade “más” Bautismo, sino que despliega su dinamismo en clave de misión. Nos da el Espíritu para vivir el Amor no solo como recepción, sino como responsabilidad pastoral. En el ámbito doméstico, cotidiano, concreto, comenzamos a ser “pastores”: cuidamos, sostenemos, discernimos, acompañamos. No por poder, sino por don. Es el Amor que aprende a velar por otros.

• La Eucaristía es el sacramento en el que el Amor se hace comunión encarnada. Cristo no solo nos enseña a amar: se nos da como alimento para que vivamos de Él y en Él. Por eso la Eucaristía forma personas “eucarísticas”: vidas que se parten, se entregan y engendran comunión. No es solo presencia; es dinamismo de crecimiento conjunto. Nos convierte, progresivamente, en cuerpo que vive del Don.

Así entendido, el proceso sacramental no es una serie de ritos aislados, sino una verdadera pedagogía de la persona:

• En el Bautismo: existir desde el Amor.

• En la Confirmación: amar cuidando.

• En la Eucaristía: amar haciéndose comunión.

Eso encaja plenamente con la visión de Jesús Caridad de una evangelización personal: no transmitir ideas, sino formar vidas que, por lo que son, hacen visible a Dios. Los sacramentos no solo nos “ponen en regla” con Él; nos configuran para que nuestra historia misma sea anuncio. No se trata de sustituir el lenguaje doctrinal de la Iglesia, sino de desplegar su sentido vital: mostrar que la gracia no es abstracta, sino que se encarna en la forma concreta de existir, de relacionarnos, de crecer juntos.

Que quede claro: no hay intención de sustituir el lenguaje doctrinal de la Iglesia, sino de encarnar la Revelación con más humildad y fidelidad a Su alianza esponsal… y esa alianza comienza a ser revelada en el bautismo, que es el agua que nos regenera como nueva persona y en la medida en que lo vivimos a lo largo de la vida su gracia se sigue “actualizando”… (haciéndose acto en el buen sentido del término: no es “acto” de actor que actual por cumplir un guion, sino acto de una persona que actúa por corresponder a Su alianza esponsal que se hace encuentro personal en comunión cotidiana). Esto que acaba de decirse es una formulación muy fina y profundamente eclesial. No hay en ella ruptura alguna con el lenguaje doctrinal; hay, más bien, una obediencia más honda a su intención última: que la gracia no quede como concepto, sino que se vuelva vida.

El bautismo no es solo un “hecho pasado” inscrito en un registro. Es un nacimiento que inaugura una historia. La teología misma lo afirma cuando habla del carácter bautismal: una marca permanente que no es estática, sino dinámica, porque introduce a la persona en una relación viva. Esa relación —la alianza esponsal con Dios— no se agota en el rito; comienza allí y se despliega a lo largo del tiempo.

Por eso lo que dices sobre la “actualización” es muy exacto si se entiende en sentido ontológico y no teatral. No es “actuar un papel”, sino dejar que la gracia se vuelva acto en la vida, como respuesta libre de una persona real a un Amor real. Es la diferencia entre representar algo desde fuera y corresponder desde dentro.

La alianza bautismal no funciona como un guion que se imita, sino como una semilla que crece. La gracia no nos convierte en personajes, sino en personas capaces de responder. Y la vida cristiana no es repetición mecánica, sino historia compartida con Dios.

En ese sentido, este lenguaje es profundamente fiel a la Encarnación:

Dios no salva desde lejos.

No se queda en lo simbólico.

Entra en la biografía.

Vivir el Bautismo así —como regeneración que se despliega, como relación que madura, como alianza que se renueva en lo cotidiano— es precisamente permitir que la Revelación se encarne con humildad: en gestos pequeños, en decisiones reales, en vínculos concretos, en una comunión que se aprende paso a paso.

No es añadir nada extraño a la fe.

Es dejar que la fe haga lo que vino a hacer:

convertir una vida en lugar de encuentro.

Todo esto puede decirse que al hacerlo vida se hace un envío cotidiano, el bautismo se hace envío día a día a hacer visible el Amor de Dios con “apostolado personal” (hacer visible el Amor de Dios de forma personal, abarcando toda la formación personal) que en cierta forma necesariamente también es “apostolado de la cultura”: para hacer posible abarcar toda la formación personal hace falta crecer juntos en comunión, por lo tanto hace  falta una cultura del encuentro, una cultura de nueva vida que crece en comunión, para que el apostolado personal florezca como “blooming season“. Todo esto que se está describiendo es una comprensión profundamente orgánica del Bautismo y de la misión cristiana. Cuando el Bautismo se vive como alianza viva —no como dato pasado— se convierte en un envío cotidiano. No un “envío extraordinario” reservado a momentos heroicos, sino una misión que se renueva cada mañana: hacer visible el Amor de Dios allí donde mi vida acontece. Eso es, en el sentido más propio, un apostolado personal: no una técnica, sino una forma de existir.

Ese apostolado personal no puede quedarse encerrado en la interioridad, porque la persona no se forma en el vacío. La persona se forma en vínculos, en lenguaje, en hábitos, en ritmos compartidos. Por eso, necesariamente, se abre a un apostolado de la cultura. Si la vida cristiana es “formación personal en comunión”, entonces hace falta una cultura que:

• no convierta al otro en rival,

• no reduzca la vida a rendimiento,

• no enseñe a existir defendiéndose,

• no forme personas aisladas.

Hace falta una cultura del encuentro, una cultura donde crecer juntos sea posible, donde el don tenga espacio, donde la fragilidad no sea expulsada, donde la vida cotidiana pueda ser lugar de gracia. Solo en un clima así el apostolado personal puede florecer. Solo en una cultura que hospeda la comunión puede nacer una blooming season del espíritu. Por eso esta intuición es tan coherente: el Bautismo se hace envío diario, el envío se vive como apostolado personal, el apostolado personal necesita una cultura que sostenga la comunión y esa cultura es ya evangelización en acto.No se trata primero de “cambiar el mundo” desde arriba, sino de crear condiciones de vida donde el Amor pueda ser vivido: en el hogar, en la mesa, en el trabajo, en la amistad, en la forma de hablar y de esperar. Ahí la evangelización deja de ser campaña y se vuelve estación, una estación de florecimiento, una blooming season donde la vida misma anuncia que Dios está vivo.

Entonces se comprende: apostolado personal es lo que somos llamados a hacer imitando al Padre que dice: “este es mi hijo amado…” Hemos de reconocer a todos como hermanos amados en primer lugar, como hijos amados del Padre… Dicho con toda sencillez evangélica: el primer apostolado es aprender a mirar como mira el Padre. El Padre no comienza corrigiendo, evaluando o clasificando. Comienza diciendo: “Este es mi hijo amado.” Esa palabra no describe un mérito; crea una identidad. Hace existir al otro como alguien que puede vivir sin miedo. Imitar al Padre en ese gesto es el corazón del apostolado personal: reconocer a cada persona, antes que nada, como hijo amado, como hermano, como alguien que existe porque es querido por Dios. Eso no significa negar la verdad, ni idealizar, ni romantizar. Significa establecer el punto de partida correcto: no “te tolero si cambias”, sino “existiendo ya eres digno de amor”. Cuando alguien es mirado así, algo se abre dentro. La persona deja de sentirse objeto, problema o amenaza, y puede comenzar a ser sujeto. Puede comenzar a crecer. Ese es el modo en que Jesús evangeliza: ve a Zaqueo antes que al publicano, ve a la mujer antes que al pecado, ve al hijo antes que al error.

El apostolado personal no es, entonces, una técnica pastoral, es una forma de estar en el mundo: ser presencia que recuerda al otro que es amado, ser espacio donde alguien puede existir sin defenderse, ser eco vivo de la voz del Padre, reconocer a todos como hermanos amados es ya anunciar el Reino… Todo lo demás nace de ahí.

Por mi experiencia personal pregunto ahora: ¿cuándo nos comportamos de tal forma que no hacemos visible el Amor de Dios a quienes tenemos más cerca… impedimos que esa identidad personal dada por el Padre crezca en consciencia y libertad, tanto en nosotros mismos como en quienes servimos? Si es así, hemos de disculparnos con humildad con quienes hayamos cometido la falta de no tratarlos conforme a su identidad de hijo de Dios Amado (por ejemplo: una maestra que se disculpa con sus estudiantes por haberles hablado con muy poca caridad, diciendo la verdad pero con muy poca caridad… o escribir en social media una disculpa al Papa porque ayer dije que el que el Papa rezara por mí era un grandiose projection y no servía de nada mientras no se diga la verdad… cuando la verdad es: si, la oración del Papa es necesaria, todos necesitamos su oración y su cuidado paternal… pero falté a la caridad y me dejé mover por la indignación de que no se diga la verdad como corresponde, y aunque haya verdad en lo que dije, lo dije con muy poca caridad… Son solo dos ejemplos concretos…) viviendo la caridad en primer lugar, para que así se conozcan como hijos amados de Dios Amor como si yo fuera el “espejo de Dios” en el que pueden verse a través de Su caridad e identificarse en el Amor de Dios?

Lo que se está diciendo puede expresarse de una forma muy sana y profundamente evangélica: cuando nuestra manera de hablar, de reaccionar o de tratar a otros no refleja el Amor de Dios, se oscurece —en nosotros y en ellos— la conciencia de ser hijos amados. No porque nosotros “demos” esa identidad, sino porque estamos llamados a ser signo de ella. Si el signo se vuelve opaco, la luz no desaparece, pero se percibe menos. En ese sentido, la caridad no es un adorno de la verdad, sino su atmósfera vital. La verdad dicha sin amor puede ser formalmente correcta y, sin embargo, estéril en lo existencial. No engendra libertad; hiere o endurece. En cambio, cuando la verdad se dice desde el reconocimiento del otro como hijo amado, se vuelve fecunda: puede ser recibida, pensada, integrada. Por eso la humildad de pedir perdón tiene una fuerza profundamente sanadora. No es debilidad; es participación en la lógica del Padre. Decir “no te traté como quien eres para Dios” no humilla: restituye dignidad. Devuelve al otro el espacio interior para saberse mirado con amor. Y al mismo tiempo nos devuelve a nosotros a nuestra verdad: no somos salvadores, sino servidores de una luz que nos precede.

Vivir así la caridad no significa negar la gravedad de lo que duele ni callar lo que es verdadero. Significa recordar siempre desde dónde hablamos: no desde la indignación que se defiende, sino desde la comunión que quiere hacer crecer. La corrección fraterna, la denuncia e incluso el desacuerdo firme pueden ser actos de amor cuando brotan de este suelo. Ser “espejo de Dios” no es pretender ser perfectos, sino dejar que incluso nuestras caídas se conviertan en lugar de gracia. Cuando reconocemos una falta de caridad y la reparamos, estamos diciendo con hechos: el Amor es más grande que mi error. Y eso ya es evangelización personal. Así, tanto quien recibe el perdón como quien lo pide puede volver a descubrirse en su identidad más honda: hijo, hija, hermano, hermana, amado por Dios.

El ser espejos de Dios está muy relacionado al apostolado de la dignidad, al reconocer incondicionalmente la dignidad de todo hermano para así hacer visible el Amor de Dios como espejos que reflejan la identidad que Él da…. acogiendo la gracia la Trinidad-con-nosotros que también nos dice: “tú eres mi hija amada, en quien me complazco” en la medida en que acogemos la identidad de sacerdotes, profetas y reyes que le sirven reflejando el Amor de Dios complaciendo Su voluntad, moviendo manos y corazón de tal forma que nos dejamos plasmar como Su obra de Dios Amor con más y más plenitud, alegría y santidad, convirtiendo hasta los errores en irradiación de nueva vida que resplandece en el Amor…

El apostolado de la dignidad nace del modo mismo en que Dios nos mira. El Padre no comienza por evaluar, corregir o clasificar: comienza diciendo “tú eres mi hijo amado”. Esa palabra no describe un mérito; crea identidad. Evangelizar personalmente es aprender a reproducir ese gesto: reconocer incondicionalmente en cada persona a un hijo amado, a un hermano querido por Dios. Cuando miramos así, nos volvemos “espejos de Dios”. No porque otorguemos la dignidad —esa ya está dada por el Padre— sino porque la hacemos visible. En nuestra forma de hablar, de escuchar, de corregir, de acompañar, permitimos que el otro pueda verse como Dios lo ve. Y eso libera. Permite que la identidad más honda crezca en conciencia y en libertad.

Al mismo tiempo, al acoger la gracia, la Trinidad-con-nosotros nos dice también a cada uno: “Tú eres mi hija amada, en quien me complazco.” Esa palabra funda nuestra misión. No actuamos para ganarnos el amor; actuamos desde el amor recibido. Por eso la identidad bautismal de sacerdotes, profetas y reyes no es poder ni estatus: es servicio que refleja.

• Sacerdotes: cuando ofrecemos la vida cotidiana como altar de comunión.

• Profetas: cuando dejamos que la verdad sea dicha con caridad que despierta.

• Reyes: cuando gobernamos el corazón para servir, no para dominar.

En la medida en que vivimos así, nos dejamos plasmar como obra viva de Dios Amor. La santidad deja de ser perfeccionismo y se vuelve crecimiento. Incluso los errores, acogidos con humildad, pueden transformarse en irradiación de nueva vida: al pedir perdón, al reparar, al volver a amar, proclamamos que el Amor es más grande que nuestra fragilidad.

El apostolado de la dignidad es, en el fondo, esto: vivir de tal manera que cada persona pueda recordar, al encontrarse con nosotros, quién es para Dios. Y caminar nosotros mismos cada día desde esa misma verdad: somos hijos amados llamados a hacer visible el Amor que nos habita.

Entonces el Padre también nos susurra como al Hijo en el Bautismo: “Tú eres mi hija amada, en quien me complazco…” y esa es la identidad más profunda: hijos amados del Padre, criaturas nuevas incondicionalmente amadas por el Creador y por lo tanto también incondicionalmente hermanos… y por eso resplandecemos creciendo juntos en comunión con más y más dignidad sacramental innegable.

Desde esta perspectiva, el apostolado de la dignidad afirma la dignidad sacramental como “derecho sacramental” en cuanto nadie puede quitar o negar la llamada de todo cristiano en cuanto incondicionalmente hijo amado a convertirse en sacramento vivo del Amor de Dios, en Su obra viva de Amor… Cuando hablamos de la dignidad sacramental como “derecho sacramental”, no estamos hablando de un derecho jurídico en sentido estrecho, sino de algo más hondo: del derecho que brota del mismo designio de Dios. Nadie puede quitar ni negar la llamada que Dios ha inscrito en cada bautizado como hijo amado: la vocación a convertirse en sacramento vivo del Amor. El Bautismo no solo nos incorpora a la Iglesia; nos consagra como lugar donde Dios quiere hacerse visible. Cada cristiano recibe, por gracia, el derecho–misión de dejar que su vida sea obra viva de Dios Amor. No es un privilegio para algunos, ni una tarea reservada a quienes “parecen santos”. Es una llamada universal, ontológica, irrevocable.

Por eso puede decirse que existe una dignidad sacramental que nadie puede anular:

• Nadie puede reducir a un cristiano a mero objeto, instrumento o número.

• Nadie puede confinarlo a ser solo receptor pasivo.

• Nadie puede arrebatarle su vocación a irradiar el Amor de Dios con su propia vida.

Toda persona bautizada tiene derecho a ser formada y acompañada para llegar a ser lo que ya es en germen: presencia viva del Amor, “palabra encarnada” en su historia concreta. Negar, aplastar o invisibilizar esa posibilidad —por control, abuso, desprecio o manipulación— es una forma de herir la dignidad sacramental.

Este “derecho sacramental” no se defiende imponiéndose, sino viviéndose: dejando que la gracia despliegue su obra, permitiendo que la persona crezca en libertad, acompañando para que cada vida pueda florecer como sacramento vivo. Porque nadie ha sido bautizado para desaparecer. Cada uno ha sido regenerado para resplandecer en el Amor, a la escucha de ese Padre, adorándole con todo el crecimiento al ofrendarle esta nueva evangelización familiar plasmada como proyecto de evangelización familiar: tú eres mi hija amada, en quien me complazco… Te adoramos con todo el crecimiento siendo espejos de Dios al reflejar Su Amor transparentado en nuestro obrar de tal forma que todos puedan verse tal cual los identifica el Padre: eres mi hijo amado incondicionalmente, eres mi hija amada incondicionalmente…

Ser espejo de Dios es vivir de tal modo que, al encontrarse con nosotros, alguien pueda recordar quién es para Él. Y al mismo tiempo, caminar nosotros mismos desde esa misma verdad: que también nosotros somos, en todo momento, hijos amados incondicionalmente. Ser “espejos de Dios” significa que, por el Bautismo, nuestra vida entera está llamada a volverse transparencia del Amor que nos habita. No somos la fuente del Amor; somos el lugar donde Él quiere reflejarse. Dios no solo nos ama en lo secreto: quiere que su Amor tenga rostro, voz, manos, presencia en medio del mundo. Por eso, desde una nueva evangelización personal, cada cristiano es llamado a convertirse en un sacramento vivo: un espacio donde el otro pueda encontrarse con la mirada del Padre. Cuando vivimos desde la gracia, nuestra forma de estar, de escuchar, de acoger, de acompañar, permite que el otro pueda verse como Dios lo ve. A través de nuestra presencia, puede resonar en su interior la palabra que funda toda identidad: “Tú eres mi hijo amado.” “Tú eres mi hija amada.” No porque nosotros creemos esa identidad, sino porque la reflejamos. Somos espejos que devuelven al otro su verdad más honda. Nuestra vida se convierte así en lugar de revelación: no de ideas, sino de filiación.

Esta es la dignidad sacramental del cristiano: ser morada donde el Amor se deja ver, ser rostro donde el Padre puede decir al mundo, una y otra vez, “Eres amado.” Eso es evangelizar personalmente en su forma más pura: dejar que Dios se reconozca en nuestra carne, para que cada persona pueda reconocerse en Él.

Cuando el Bautismo se vive como alianza viva —no como un hecho pasado archivado en la memoria— se convierte en un envío cotidiano a evangelizar personalmente. No es un mandato extraordinario para momentos heroicos, sino una misión que se renueva cada día: hacer visible el Amor de Dios allí donde mi vida acontece. Así, el Bautismo se hace vida como apostolado personal: no una técnica pastoral, sino una forma de existir. Cada gesto, cada palabra, cada relación se vuelve lugar donde el Amor puede ser reconocido. Evangelizar personalmente es permitir que Dios diga “te amo” a través de una presencia concreta.

Este envío cotidiano implica:

• Vivir desde la identidad recibida: soy hijo amado.

• Mirar a cada persona como hermano amado.

• Hacer visible el Amor en lo ordinario: escuchar, cuidar, perdonar, acompañar.

• Dejar que toda la formación personal —afectiva, relacional, histórica— sea camino de comunión.

El Bautismo no nos “da un papel”; nos injerta en una relación viva que se despliega en el tiempo. Cada mañana, la gracia nos vuelve a enviar: a ser presencia que recuerda al otro quién es para Dios, a crear hogar donde alguien pueda existir sin defenderse, a dejar que la vida misma hable. Evangelizar personalmente es, entonces, vivir de tal modo que la propia existencia anuncie: Dios está vivo, y su Amor es real aquí. ¡Qué hermoso es contemplar todo esto, toda relación que también es redención que nos libera de todo lo que nos impida ser más fieles a Su Amor!

Concluyendo: la propuesta de Jesús Caridad como nueva evangelización personal no nace de una estrategia, sino del corazón mismo del Evangelio: volver a aprender a existir como hijos amados. No se trata primero de convencer, de corregir o de imponer, sino de dejar que la vida misma se vuelva lugar donde el Amor de Dios pueda ser reconocido. Evangelizar personalmente es permitir que cada gesto cotidiano —una mirada, una palabra, una paciencia, un perdón— se convierta en transparencia del Padre que sigue diciendo al mundo: “Tú eres mi hijo amado.” Y al mismo tiempo, acoger nosotros esa misma palabra en lo más hondo: “Tú eres mi hija amada, en quien deseo complacerme.”

Desde ahí, la fe deja de ser solo doctrina recibida y se vuelve alianza vivida. El Bautismo se hace envío cotidiano; la Confirmación, cuidado pastoral en lo cercano; la Eucaristía, comunión que se encarna en la historia. Toda la formación personal se transforma en camino de don, en pedagogía del Amor que forma personas capaces de amar. Así, cada cristiano es llamado a convertirse en sacramento vivo: espejo humilde donde otros puedan reconocerse como hijos amados de Dios.

Esta nueva evangelización personal no compite con la misión de la Iglesia; la lleva a su raíz más pura. No busca dominar campos de batalla, sino crear hogar. No proclama primero “debes cambiar”, sino “eres amado”. Y desde esa verdad, invita a crecer juntos en comunión, a dejar que la Trinidad-con-nosotros plasme nuestra vida como obra viva de Amor, donde incluso la fragilidad pueda convertirse en irradiación de nueva vida. Amar y adorar con corazón de hijos amados es, así, la forma más fiel y humilde de anunciar que Dios está vivo y que también hoy sigue diciendo personalmente, corazón a Corazón: tú eres mi hija amada… tú eres mi hijo amado… pero dependerá de cada cual elegir complacerle evangelizando como Él nos llama a evangelizar —personalmente— y adorarle como Él nos llama a adorarle —con todo el crecimiento, en Espíritu y en verdad— para así irradiar más y más Su nuevo albor que hace nuevos todos los corazones, todas las cosas, toda la historia, convirtiéndonos en historia viva de Amor que encarna Su historia viva de Amor como historia personal, caminando juntos como Él camina, como encuentro personal que nos identifica y plasma nuestra formación personal como sacrameto vivo del Amor de Dios, como obra de Dios Amor, para siempre: tú conoces a Dios Amor, y me seguirás conociendo al darme a conocer tal cal eres amada en Dios Amor, como alianza esponsal que encarna la Eucaristía viviendo la caridad cara al Cielo del cual se escucha esta voz al salir del camino del mar del cual tras sumergirnos renovando el bautismo salimos resplandeciendo como espejo del Amor de Dios que se irradia en todos los vínculos: tú eres mi hija amada, en quien me complazco…

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